Surgido en los arrabales del Madrid decimonónico, el estilo neomudéjar puede considerarse como uno de los más importantes de la historia artística de Madrid. Su escasa protección ha provocado la desaparición de gran parte de este patrimonio, perdiéndose una parte de la historia de Madrid. Fue habitual en barrios como La Guindalera, La Prosperidad o Tetuán de las Victorias. Hoy, su número se ha visto reducido drásticamente durante el desarrollismo de las décadas de 1960 y 1970, pese a la indudable calidad de algunos edificios de las citadas décadas. Continue reading “Una pérdida más en el patrimonio neomudéjar madrileño”
Rompiendo el tópico de que en verano no se producen noticias de alcance, con motivo de la (enésima) reforma de la Puerta del Sol han aflorado unos restos en el subsuelo que se sospecha pueden ser del emplazamiento original de la institución conocida como Inclusa, luego trasladada de lugar varias veces.
La institución era en un principio la cofradía de Nuestra Señora de la Soledad y de las Angustias, y se estableció durante el reinado de Felipe II para la recogida de niños abandonados, casi siempre fruto de embarazos no deseados o de relaciones extramatrimoniales que se querían ocultar al público. La hipótesis más común de que se denominara Inclusa a esta obra de protección de menores es que en el edificio que le daba cobijo se veneraba una imagen de la Virgen María traída de la ciudad holandesa de Enkhuizen, topónimo de grafía y pronunciación muy complejas para los habitantes de Castilla, por lo que la virgen de Enkhuizen acabó quedando como la de la Inclusa.
Enkhuizen es conocida por su Almanaque, publicado regularmente desde la misma época en que se cree que uno o varios militares españoles trajeron a Madrid la talla de la Virgen. Es un precursor de nuestro “Calendario Zaragozano” y similares, con datos astronómicos, de las mareas y del folklore holandés y su “volkswijsheid” o sabiduría popular. Fuente: Foto del autor.
Enkhuizen fue durante mucho tiempo uno de los puertos de mar más importantes de las rutas del Atlántico. A mediados del siglo XX empezó a perder protagonismo con motivo de las gigantescas obras públicas conocidas como la colonización del Zuiderzee, con las que para evitar inundaciones y elevar la moral nacional tras las destrucciones de la Segunda Guerra Mundial se construyeron unos diques que convirtieron sectores de mar abierto en sub-mares interiores o incluso en tierras con cultivos y población, como es el caso de la nueva provincia de Flevoland. El gran puerto de esa parte del mundo pasó a ser el de Rotterdam.
Todo esto fue mar. Hoy son campos y nudos de autopistas, como el paisaje que vemos cerca de Lelystad, capital de Flevoland, surgida a consecuencia de la colonización del Zuiderzee. El país ganó seguridad y tierras cultivables, pero la ciudad de Enkhuizen perdió relevancia en el tráfico de mercancías.
Con respecto a la Inclusa madrileña, la palabra pasó a ser de uso común. Los niños en ella acogidos se conocían como “incluseros”, y existió un distrito de la Inclusa en una de las divisiones del término municipal que se ensayaron en el pasado, sin correspondencia con la partición de los 21 distritos de nuestros días. Éste estaba ubicado en lo que ahora conocemos como Lavapiés, pues la Inclusa fue mudándose con el tiempo más y más lejos de la Puerta del Sol. En su gestión fueron interviniendo desde instituciones religiosas a la Junta de Damas de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País o el Ayuntamiento, y para el siglo XX ya se hablaba de “inclusas” en plural, pues se generalizó el nombre para los edificios equivalentes de otras ciudades.
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