San Dámaso, ¿un papa madrileño?

«Nació el glorioso San Dámaso en esta villa de Madrid para mucha gloria suya y bien de la iglesia, a buelta del año de trescientos y quatro, en el primero del Imperio de Maximiano Galerio, y Constancio Cloro».

«A la muy antigua, noble y coronada villa de Madrid: historia de su antigüedad, nobleza y grandeza».  Jerónimo de Quintana (1629).

Un pontificado trascendental

La figura de San Dámaso como papa resulta fundamental para comprender el desarrollo de la Iglesia primitiva. Su pontificado, que se extendió desde el año 366 hasta su muerte en 384, fue decisivo para la consolidación de la autoridad del Papa y para la promoción de la ortodoxia cristiana frente a las diversas herejías que amenazaban la unidad de la Iglesia. San Dámaso llevó a cabo, además, una serie de reformas litúrgicas y teológicas que tuvieron un impacto significativo en la estructura y doctrina eclesiástica.

La Vulgata: San Dámaso fue el principal impulsor de la traducción de las sagradas escrituras  del hebreo y griego al latín, tarea que encomendó a San Jerónimo.

«Tú me obligas a hacer una nueva obra desde los antiguos libros, y me mandas que, sentado como juez, decida cuál de las versiones difiere menos del griego«

San Jerónimo a San Dámaso, Epístola 57, 376 d.C.

Esta traducción dio origen a la Vulgata, que se convirtió en la versión oficial en latín de las Escrituras. Fue utilizada durante siglos en la liturgia y en la enseñanza oficial de la Iglesia, consolidándose como un pilar fundamental de la doctrina cristiana.

San Jerónimo entrega la Biblia a san Dámaso. Miniatura de la Biblia de Hainaut, Francia, s. xv.
San Jerónimo entrega la Biblia a San Dámaso. Miniatura de la Biblia de Hainaut.

 

Reformas litúrgicas: Durante el siglo IV, la Iglesia atravesaba una época de profundas divisiones doctrinales, especialmente relacionadas con el arrianismo, una herejía que negaba la plena divinidad de Jesucristo. San Dámaso combatió activamente estas desviaciones doctrinales, así como otras herejías como el apolinarismo y el macedonianismo, que fueron condenadas en dos sínodos celebrados en los años 368 y 369.

Entre sus reformas litúrgicas, introdujo el canto del aleluya en la misa dominical e instauró el uso de la doxología trinitaria, incorporando en las oraciones litúrgicas la fórmula: “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Preservación de las catacumbas: San Dámaso también promovió la conservación de las catacumbas de los mártires cristianos, que eran lugares de sepultura y veneración para los primeros cristianos, esforzándose por preservar la memoria de estos mártires y de que su legado no se perdiera con el paso del tiempo.

¿Dónde nació San Dámaso?

La controversia sobre el lugar de nacimiento de San Dámaso ha sido un tema recurrente de debate entre los historiadores a lo largo de los siglos. Diversas localizaciones, como Roma, Egitania (actual Idanha-a-Velha) y Guimarães (ambas en Portugal), así como Madrid y Villamanta en España, han sido propuestas como posibles lugares de su nacimiento. En el presente artículo se examina, en particular, la hipótesis que vincula estas localidades españolas con su origen, a través de diversos testimonios que incluyen documentos y elementos artísticos, de los cuales se citarán algunos ejemplos.

Madrid patria verdadera del diamante de la fe, del martillo de los hereges, de San Damaso el primero, pontifice ... / que Dedica, y ofrece à ... Madrid ... Don Melchor de Cabrera Nuñez de Guzman

La Iglesia de San Salvador

La iglesia de San Salvador fue uno de los diez antiguos templos que existían en Madrid mencionados en el Fuero de 1202. Se levantaba frente a la actual Plaza de la Villa y fue derribado en 1843. La tradición sostiene que en esta iglesia se conservaba la pila en la que San Dámaso recibió el bautismo. Esta pila se encontraba en la pared del lado del Evangelio de la antigua Capilla Mayor, y sobre ella había una pintura del santo, que constituía un elemento significativo de la devoción local. Tras la reedificación de la iglesia, la pila bautismal fue trasladada a la Capilla Alta, que pertenecía a los Castillos. Posteriormente, cuando se reubicó el Altar Mayor, la pila fue llevada a la Capilla de los Henaos. La imagen primitiva del santo fue borrada de la pared, por lo que se hizo necesario realizar una nueva pintura, con el fin de preservar la memoria y la veneración de San Dámaso. Tanto la pila como el cuadro se perdieron tras la demolición de la iglesia.

El Convento del Carmen Calzado

En el número 10 de la calle del Carmen se encuentra la iglesia de Nuestra Señora del Carmen y San Luis Obispo. Este templo pertenecía originalmente al convento del Carmen Calzado, fundado en 1573 bajo la advocación de San Dámaso. El convento estaba ubicado en la plaza que actualmente lleva su nombre, y fue víctima de la desamortización en 1836. En su interior se conservaba una pintura, actualmente perdida, obra de Luis Tristán, discípulo de El Greco, que representaba a San Dámaso pontífice, sentado en su trono y recibiendo la Biblia de manos de San Jerónimo. La inscripción al pie del cuadro decía: «S. Dámaso Papa, natural de Madrid.»

El cuadro de la Iglesia de San Pedro el Viejo

También en la Iglesia de San Pedro el Viejo, en un pilar frente a la capilla del Santo Cristo de las Lluvias, se conservaba una pintura, también desaparecida, de San Dámaso, retratado de cuerpo entero y acompañado de dos cardenales arrodillados en actitud de veneración. La inscripción en el lienzo decía: «San Dámaso de Madrid».

El Rey Wamba, las Puertas de Toledo y una moneda de Alfonso VII

Durante el reinado de Alfonso VII, “el Emperador”, se acuñó una moneda que presentaba, en una de sus caras, al Arcángel San Miguel con un dragón a sus pies y una lanza en la mano, acompañado de la letra «T». En el reverso de la moneda aparecía el emperador sentado con un cetro, flanqueado por dos prelados pontificales. Según Lorenzo Ramírez de Prado, destacado humanista que vivió en el Siglo de Oro, el Arcángel San Miguel, protector celestial, representaría simbólicamente a la ciudad de Toledo. La letra «T» reforzaría esta asociación. Los dos prelados que acompañan al emperador serían, según su interpretación, san Dámaso y san Melquíades, pontífices romanos considerados naturales de Mantua Carpetana.

Esta interpretación hallaría respaldo en un pasaje del Chronicon Luiprandi (676), escrito por Luitprando, subdiácono de Toledo: “El Rey Vvamba […] Ensanchò la Regia ciudad de Toledo, y la ilustrò con edificios, y murallas; nombrò Patronos Tutelares a la Ciudad, y los puso sobre las puertas della. Y dize: En la puerta de Serrato, que està en la Via Sacra puso por Patron a los SS. Pontifices Damaso, y Melchiades, ciudadanos de Mantua Carpetana«.

Madrid o Mantua de los Carpetanos, la más célebre ciudad de la Nueva Castilla y la sede real más magnífica de los monarcas hispánicos
Madrid o Mantua de los Carpetanos, la más célebre ciudad de la Nueva Castilla y la sede real más magnífica de los monarcas hispánicos. Este plano es una copia de los publicados por George Matthäus Seutter en 1728, 1730 y 1736, y que a su vez derivan del realizado por Nicolás de Fer en 1706. Fuente: Biblioteca Virtual Madrid

¿Dónde estaba Mantua Carpetana?

«Llámese por otro lado en latín Mantua Carpetana, tomando el nombre de los montes y puertos que llamamos de la Fuenfrida y de Guadarrama, que en latín se llaman Carpetanos y así los llama Julio César en sus Comentarios, y para diferenciar de la Mantua italiana se llama Mantua carpetana, así la llama Ptolomeo y la pone en 40° de latitud y pocos minutos más o menos, y de longitud 11 ° 4′ y llamase montes Carpetanos; primero porque quiere decir carro, porque toda esta tierra hasta llegar a estos puertos, eran los trajineros y recueros de este instrumento de carros que en latín (como digo se llama carpentum) de donde se llamó Carpetana por los llanos y planicies que en estos términos hay

«Historia y relación verdadera de la enfermedad, felicísimo tránsito y suntuosas exequias fúnebres de Doña Isabel de Valois». López de Hoyos (1569)

Se desconoce la ubicación de esta ciudad de la Carpetania, antigua región de la Hispania prerromana, que aparece mencionada por Claudio Ptolomeo en su obra Geografía. Se ha sugerido que podría tratarse de Madrid, como afirmaban, entre otros autores citados, López de Hoyos, Jerónimo de Quintana o Lorenzo Ramírez de Prado; no obstante, resulta más probable que se encontrara en Villamanta o en el desaparecido término de Perales de Milla, entre Quijorna y Villanueva de Perales, todas ellas localidades madrileñas. De hecho, la Iglesia Parroquial de Santa Catalina de Alejandría, en Villamanta (Madrid) conserva una reliquia ósea de San Dámaso I en la cripta situada bajo el altar mayor del templo, reivindicando así a este papa como oriundo de esta localidad.

Cripta de la Iglesia de Santa Catalina de Alejandría en Villamanta, donde se conserva una reliquia de San Dámaso.
Cripta de la Iglesia de Santa Catalina de Alejandría en Villamanta, donde se conserva una reliquia de San Dámaso. Fuente: Ruta 179

Conclusión

Después de presentar los testimonios que sugieren una posible vinculación de san Dámaso con la ciudad de Madrid, es fundamental subrayar que los estudios históricos actuales sitúan el origen de Madrid como núcleo urbano en la segunda mitad del siglo IX. Esta cronología establece una diferencia de más de quinientos años respecto al nacimiento de San Dámaso, ocurrido en el siglo IV, lo que hace inviable que pudiera haber nacido en una ciudad que aún no existía como tal.

¿Llegaremos alguna vez a descubrir pruebas arqueológicas que evidencien la existencia de un Madrid romano, en el que San Dámaso pudiera haber dado sus primeros pasos?

¿Será madrileño el próximo pontífice?

BIBLIOGRAFÍA

  • Cabrera y Núñez de Guzmán, Melchor de. Madrid, patria verdadera del diamante de la fe, del martillo de los herejes de San Dámaso el Primero Pontífice. Madrid, 1678.
  • Pellicer y Pilares, Juan Antonio. Discurso sobre varias antigüedades de Madrid y origen de sus parroquias, especialmente de la de San Miguel. Madrid, 1791.
  • Quintero Atauri, Pelayo. Luis Tristán. Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, 1909.
  • Suárez Quevedo, Diego. De espejos de príncipes y afines, 1516–1658: Arte, literatura y monarquía en el ámbito hispano. Universidad Complutense de Madrid.

Fotografía de cabecera

San Dámaso y san Jerónimo. Olivieri, Giovan Domenico;Salvador Carmona, Luis. © Museo Nacional del Prado.

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Mariana de Jesús, la santa de los pobres

Nacida en el Madrid del Siglo de Oro, Mariana de Jesús sintió desde niña un profundo amor por Dios, lo que la impulsó a ayudar a los más desfavorecidos, convirtiéndose en un modelo de generosidad y entrega. A lo largo de su vida, se dedicó especialmente a asistir a los pobres, los enfermos y los marginados, sin buscar reconocimiento personal. Su humildad y devoción la hicieron muy querida, siendo admirada por su bondad y compromiso con el prójimo. Mariana dejó un legado de amor incondicional, convirtiéndose en un referente de santidad y caridad, inspirando a todos a seguir su ejemplo de servicio y compasión.

Infancia y juventud

Nació Mariana de Jesús el 8 de diciembre de 1565 en Madrid, en la Casa de la Hoz —hoy desaparecida—, que se levantaba en la calle de Santiago, esquina con su costanilla, en una zona de gran actividad de la ciudad. Fue bautizada el 21 de enero de 1566 en la iglesia de Santiago, recibiendo el nombre de María, según atestigua su partida de bautismo, un documento que ha perdurado a lo largo de los siglos:

«En 21 días del mes de enero de 1565 años, bautizó el Bachiller Mata, Cura de la Iglesia del Señor Santiago, a María, hija de Luis Navarro, Pellejero andante en Corte, y de su mujer Juana Romero. Fue su padrino Pedro Rivas, calderero, madrina Isabel de Villalpando, testigos Juan Trigo, Juan Navarro y Andrés Muñoz, sacristán, y por ser así lo firmé yo, Bachiller Mata». Al margen, un nombre escrito: Mariana.

Mariana fue la primogénita de los seis hijos que tuvo el matrimonio. Con apenas nueve años, quedó huérfana de madre y su padre volvió a contraer matrimonio, esta vez con Jerónima Pinedo. Fruto de esta unión vendrían al mundo otros cinco hijos.

Placa en el lugar donde estaba la casa en la que nació Mariana de Jesús
Placa en el lugar donde estaba la casa en la que nació Mariana de Jesús. Fuente: Memoria de Madrid.

 

Desde muy joven, Mariana sintió un profundo deseo de dedicarse a la vida religiosa. Era devota de la Virgen de los Remedios, a quien cariñosamente llamaba la pequeñina, y solía acudir a rezar en la capilla dedicada a esta advocación mariana, ubicada en el hoy desaparecido convento de Nuestra Señora de la Merced. Fue allí donde conoció a fray Juan del Santísimo Sacramento, el sacristán mayor, quien se convertiría en su amigo y director espiritual. Gracias a su orientación, Mariana decidió consagrar su vida a Dios. Ella misma escribiría años después cómo “un día, al escuchar el sermón de un fraile descalzo, sentí tal impresión que, desde entonces, tomé la firme decisión de no casarme y dedicarme a la vida religiosa”.

Convento de la Merced. Fachada norte y oeste. Dibujo realizado por el arquitecto Antonio Olivera García en 1983 basado en distintos planos y publicado en el libro Primer convento mercedario en Madrid.
Convento de la Merced. Fachada norte y oeste. Fuente: Fotomadrid.

 

Sin embargo, sus padres tenían otros planes para ella. Querían que se casara con un joven hidalgo, pero Mariana rechazó esa idea. Se dice que, para evitarlo, se cortó el cabello y se hirió el rostro con un corte en la boca. Otras versiones afirman que las máscaras mortuorias realizadas tras su muerte fueron las que desfiguraron su rostro. Entonces, sus padres intentaron obligarla a someterse a su voluntad. La destinaron a realizar trabajos humildes en la casa y le asignaron un desván como habitación, donde soportaba tanto el frío invernal como el calor veraniego. Pasaba allí las noches después de sus labores domésticas y el día cuando no tenía tareas. A pesar de estas difíciles circunstancias, Mariana permaneció fiel a su vocación, buscando la paz interior a través de la oración y la penitencia.

En 1601, siguiendo a la Corte —recordemos que el padre era sirviente de la Casa Real—, toda la familia se trasladó a Valladolid. Cinco años permanecieron en la ciudad del Pisuerga, hasta que el rey, influenciado de nuevo por el Duque de Lerma, decidió regresar la capital a Madrid, lo que supuso una nueva mudanza de la Corte y sus servidores, entre ellos la familia de Mariana. Fue tras la vuelta a Madrid cuando su padre finalmente cedió en su empeño y le otorgó el permiso para dedicarse a la vida religiosa, permitiéndole así seguir su vocación de servicio y fe.

Una vida de penitencia y oración

Mariana se trasladó a una casa junto a la ermita de Santa Bárbara, un lugar apartado y silencioso, cuyo propietario le cedió generosamente un pequeño aposento. La acompañaba, Catalina de Cristo, quien había sido sirvienta de su familia y de quien fray Juan de San José escribe que era “muy virtuosa y de muy buena vida, pero de un genio y condición para Mariana muy áspera; ordenándola así, sin duda, la Majestad Divina para la mayor purificación de Mariana”. Mas también, como recoge Fray Pedro del Salvador, “llevada [Catalina] por el gran amor que le tenía, cuidaba de adquirir lo necesario para que Mariana estuviera asistida; de tal manera, que si no hubiese tenido a Catalina, muchas veces le habría faltado el alimento necesario y la ropa. Y esto con tanto desinterés, que cuando apareció a declarar ante los jueces apostólicos, dijo que, de los diecinueve años que la había asistido, no le había comprado ni un solo vestido nuevo, y el que llevaba puesto en ese momento era pobre y muy deteriorado”.

La elección del lugar de retiro de Mariana no fue casual. No solo era un sitio tranquilo y apartado, sino que guardaba relación con el hecho de que la ermita de hubiera sido adquirida por su director espiritual, fray Juan Bautista del Santísimo Sacramento, con la intención construir allí un convento de mercedarios descalzos. Las obras comenzaron en 1607 y finalizaron en 1622. El convento estaba situado en lo que hoy es la Plaza de Santa Bárbara, que le debe su nombre, y fue demolido víctima de la desamortización de Mendizábal, que tanto daño hizo al patrimonio histórico y artístico de España.

La Beata Mariana de Jesús. Carducho, Vicente. ©Museo Nacional del Prado
La Beata Mariana de Jesús, de Vicente Carducho. El edificio que aparece es el Convento de Santa Bárbara. ©Museo Nacional del Prado

 

Tras cuatro años de vida de austeridad y profunda reflexión, dedicados principalmente a la oración, la meditación y la penitencia en aquella humilde estancia, la vivienda cambió de dueña. La nueva propietaria, sin ningún reparo, expulsó a Mariana y a Catalina, a quienes consideraba un par de beatas embaucadoras. En su auxilio acudió el comendador del convento de Santa Bárbara, quien mandó disponer para ellas un pequeño cobertizo contiguo a la ermita, proporcionando un lugar donde continuar su vida de oración y penitencia. Este cobertizo, simple y modesto, pronto se convirtió en un centro de peregrinación para muchas personas que acudían a la Casita de la Santa, buscando comprensión, consuelo y guía espiritual. La fama de la devoción y la paz que emanaba de ese lugar atrajo a numerosos fieles, consolidando la devoción hacia Mariana y convirtiendo su morada en un símbolo de esperanza para quienes buscaban consuelo.

El convento de Santa Bárbara en el plano de Texeira (1656)
Detalle del plano de Texeira (1656). El convento de Santa Bárbara se muestra en la esquina inferior derecha. Como nota curiosa, junto al camino aparece un molino de viento.

La Orden de la Merced

Durante mucho tiempo Mariana estuvo reflexionando profundamente sobre la posibilidad de ingresar en la Orden Mercedaria. A lo largo de este tiempo, recibió repetidas invitaciones de distintos superiores, incluidos miembros destacados de la orden y el propio Padre General, quienes veían en ella una vocación clara.  No quería tomar una decisión tan trascendental sin haberla meditado a fondo.

Beata Mariana de Jesús. Josef del Castillo lo dibuxó ; Luis Fernz. Noserét lo grabó. PID bdh0000031416. (cc) Biblioteca Digital Hispánica, Biblioteca Nacional de España.
Beata Mariana de Jesús. Josef del Castillo lo dibuxó ; Luis Fernz. Noserét lo grabó. Fuente: BNE.

 

En una ocasión, tras caer gravemente enferma y con escasas esperanzas de recuperación, invocó con fervor a la Virgen de los Remedios, a quien ya hemos dicho que profesaba una devoción especial. Según la tradición, fue sanada milagrosamente por su intercesión, lo que reforzó aún más su convicción de seguir el camino religioso. A partir de ese momento, sintió con mayor intensidad la llamada a consagrarse plenamente a Dios. Finalmente, el 4 de abril de 1613, finalmente venciendo sus reservas, tomó el hábito de terciaria mercedaria, sellando así su entrega espiritual a la Orden de la Merced.

La Santa de los pobres

Mariana dedicó su vida a cuidar y consolar a los necesitados. Se la podía ver recorrer incansablemente las calles de Madrid, a veces a lomos de un pollino, mendigando para poder socorrer a los pobres, mendigos y cautivos. Visitaba los palacios pidiendo limosnas y acudía con frecuencia a la cárcel para llevar alimentos a los presos, quienes por entonces solo comían una vez al día, viviendo en condiciones extremadamente precarias. En muchas ocasiones, Mariana misma se privaba de comida y otros bienes para asegurarse de que los demás recibieran lo necesario para sobrevivir.

Su abnegada entrega y generosidad le ganaron el cariño y la admiración del pueblo, y pronto recibió el apodo de «la santa de Madrid». Además, era una figura muy conocida entre los poderosos, siendo madrina de muchos hijos de nobles, entre ellos del VII duque de Alba. Fue amiga cercana y confidente de la reina Isabel de Borbón, a quien visitaba con frecuencia, lo que contribuyó a ampliar aún más su fama de santidad. Su vida de devoción y servicio se convirtió en un ejemplo para todos, independientemente de su estatus social.

Beata María Ana de Jesús. Anónimo español (1788). BNE
Beata María Ana de Jesús. Anónimo español (1788). Fuente: BNE

 

Además de su trabajo caritativo, sus visiones y premoniciones eran muy conocidas y solicitadas, lo que llevó a que muchas personas acudieran a ella en busca de orientación y consejo espiritual. Este don la hizo gozar de una gran influencia, tanto entre el pueblo sencillo como entre las autoridades religiosas y civiles de la época.

El milagro de su cuerpo incorrupto

Los últimos días de Mariana transcurrieron en una estancia del convento de Santa Bárbara, al que se trasladó alrededor de 1623. Este cuarto estaba ubicado sobre las capillas del lado del Evangelio. Tenía dos balcones o tribunas que daban al cuerpo de la iglesia, y un tercero que asomaba al crucero.

Cuando cayó gravemente enferma, víctima de una afección pulmonar, la noticia se propagó rápidamente por Madrid. Un numeroso grupo de personas de todo rango social acudía todos los días a visitarla en busca de su bendición. Entre los visitantes se encontraba incluso un emisario de los reyes, encargado de informarles sobre su estado, y se dice que Lope de Vega, quien había sido vecino suyo en la niñez también acudió a verla. El pintor del rey, Vicente Carducho, intentó retratarla en sus últimos momentos, pero Mariana se negó a ello rotundamente. Este artista sería el encargado de obtener su mascarilla mortuoria para preservar su memoria. Debido a la fama de santidad que tenía Mariana, algunos de los que la visitaban tomaban lo que podían como reliquias y tuvo que comprarse todo de nuevo, pues no dejaron ni lo necesario para su alimentación.

A pesar de la fiebre y el dolor, Mariana recibía a todos con una sonrisa serena, haciendo la señal de la cruz a cada uno y reconfortándolos con palabras de consuelo y sabiduría. La noche del miércoles 17 de abril de 1624, a las nueve de la noche, falleció, dejando un legado imborrable en el corazón de aquellos que la conocieron.

Máscara mortuoria de la beata Mariana de Jesús

La multitud que acudió a rendirle un último homenaje fue tan inmensa que su cuerpo permaneció expuesto hasta el 19 de abril, cuando, en cumplimiento de su deseo, fue sepultado en el convento de Santa Bárbara. Tres años después, en 1627, se exhumaron sus restos. Su cuerpo se encontraba incorrupto y exhalaba un aroma celestial. Este fenómeno se confirmó en inspecciones de 1731, 1924 y 1965, lo que fue considerado por muchos como un claro signo de su santidad.

Durante la Guerra de la Independencia, las tropas napoleónicas saquearon la arqueta de plata que contenía su cuerpo, un valioso obsequio de los Duques de Alba. Por fortuna, los frailes lograron distraer a los soldados el tiempo suficiente para poder esconder el cuerpo. Posteriormente, el convento de las Madres Mercedarias de don Juan de Alarcón solicitó el cuerpo al obispado, que lo entregó por pertenecer a la misma Orden. Durante la Guerra Civil, el convento fue ocupado y el cuerpo ocultado en una ebanistería para luego trasladarlo al Convento de la Encarnación. Tras el final de la contienda, el cuerpo fue nuevamente trasladado a las Madres Mercedarias de don Juan de Alarcón, donde reposa en la actualidad.

Beatificación y reconocimiento popular

El pueblo de Madrid, apoyado por la nobleza y Felipe IV, inició la solicitud de la beatificación de Mariana de Jesús poco después de su fallecimiento. En 1628, el Ayuntamiento de Madrid envió una petición al Papa Urbano VIII para que se acelerara este proceso, aunque sin mucho éxito, porque hubo que esperar más de siglo y medio, en concreto al 18 de enero de 1783, para que el entonces Papa -Pío VI- otorgara la beatificación de Mariana en la Basílica de San Pedro en Roma.

En 2011 se inició el proceso de canonización de Mariana de Jesús, una causa que se lleva a cabo en el convento de las Madres Mercedarias de don Juan de Alarcón, donde reposan sus restos, como se ha indicado anteriormente.

Imagen de la beata Mariana de Jesús en procesión.
Imagen de la beata Mariana de Jesús en procesión. Fuente: Archidiócesis de Madrid

 

Otro importante símbolo del gran reconocimiento y aprecio popular es su proclamación como copatrona de la ciudad junto a San Isidro Labrador, un hecho que a veces se olvida o se ignora, pero que destaca y resalta la profunda devoción de los madrileños hacia su figura y su legado espiritual.

La iconografía de Mariana de Jesús en Madrid

Madrid honra la memoria de Mariana de Jesús en diversos puntos de la ciudad, lo que refleja el profundo respeto y devoción que ha generado a lo largo de los siglos. En 1636, ya incluso antes de ser beatificada, se colocó una escultura de ella en la remodelada (por entonces) Puerta de Alcalá, junto con las de San Pedro Nolasco y la de Nuestra Señora de las Mercedes, todos ellos relacionados con la orden de la Merced; esta puerta fue derribada en 1770. Además, se instalaron imágenes suyas en lugares significativos, como la capilla del Pósito Real, la sala consistorial y la capilla del Ayuntamiento, consolidando su presencia en la vida pública de la ciudad.

Antigua Puerta de Alcalá
Antigua Puerta de Alcalá

 

Hoy en día, el legado de Mariana de Jesús sigue vivo de manera tangible en Madrid. Su memoria se perpetúa gracias a una plaza, una parroquia y un hospital que llevan su nombre, contribuyendo a mantener su recuerdo presente en la vida diaria de los madrileños. Además, en la Catedral de la Almudena, se encuentra una capilla dedicada a su memoria.

Estos lugares mantienen su legado vivo en la ciudad que la veneró.

La bella hija de Madrid y blasón de la Merced. Texto impreso narración histórica de la prodigiosa vida, heroicas virtudes y estupendos prodigios de la Venerable Mariana de Jesús

BIBLIOGRAFÍA

  • Álvarez y Baena, D. José Antonio. Hijos de Madrid, ilustres en santidad, dignidades, armas, ciencias y artes. Madrid: 1789-1971.
  • Fr. Pedro del Salvador. La azucena de Madrid, la venerable madre Sr. Mariana de Jesús. Madrid: Imprenta Real de la Gaceta, 1764.
  • MM. Mercedarias de Don Juan de Alarcón. Y en el cielo de Madrid floreció una estrella. ¿La conoces tú? Causa de la Beata María Ana de Jesús.
  • Olivares Martínez, Diana. Iconografía de la Beata Mariana de Jesús. Universidad Complutense de Madrid, Departamento de Historia del Arte I (Medieval).

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Imagen de la beata Mariana de Jesús. Fuente: COPE

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Historia de la catedral de la Almudena

El 4 de abril de 1883, el rey Alfonso XII presidió la ceremonia en la que se colocó la primera piedra de una iglesia que con el paso de los años llegaría a convertirse la Catedral de Santa María la Real de la Almudena. Sin embargo, este evento no era el comienzo de la historia de la catedral, sino una etapa más de un proceso que se gestó a lo largo de varios siglos.

Aquella mañana de abril de 1883, nadie podía imaginar los diversos obstáculos que dificultarían su construcción a lo largo de los años, como la falta de financiación y los cambios políticos. Habría de transcurrir más de un siglo desde aquella primera piedra para que la Catedral de la Almudena se hiciera realidad, convirtiéndose en un símbolo de la ciudad y de la historia de España, un testimonio de perseverancia y fe que perdura hasta nuestros días.

Los primeros intentos de construir una catedral

Con la instauración de la corte en Madrid como capital de la monarquía hispánica, la Villa comenzó a ganar una creciente relevancia tanto en el ámbito político como administrativo. Este proceso de consolidación de Madrid como centro del poder llevó a la ciudad a plantearse la posibilidad de independizarse del arzobispado de Toledo, la Dives Toletana, como era conocido. Dicho arzobispado desempeñaba un papel clave en la estructura eclesiástica y política del reino de Castilla, siendo la sede de la primacía eclesiástica de España y el centro religioso más importante del país. Su arzobispo no solo ostentaba una considerable influencia dentro de la Iglesia, sino que también ejercía un poder decisivo en la política y la sociedad del reino.

Respondiendo a esta necesidad, en 1576 el Concejo de la Villa presentó un memorial al rey Felipe II solicitando la creación de una catedral o iglesia colegial en Madrid: «Este año, la Villa de Madrid presentó un memorial al Rey, suplicándole que se erigiera en ella una iglesia catedral o colegial. Tras ser remitido a la Cámara donde Su Majestad lo recibió, se le consultó si sería conveniente erigirla como colegial, tomando para ello la renta del arzobispado de Toledo, hasta diez mil ducados. El rey [que estaba por entonces más enfocado en la construcción de El Escorial] respondió que se acordara y se considerara más detenidamente el asunto»[1].

Recreación de un escribano del siglo XVI

La cuestión no avanzó y unos años más tarde el Concejo de la Villa volvió a insistir sobre ello, dirigiéndose de nuevo al rey, por entonces Felipe III: «La Villa de Madrid dice que al servicio de vuestra Majestad y el bien universal de la Villa y su Tierra, importa y tiene gran necesidad de que se haga en ella una Iglesia de Catedral y cabeza de obispado» [2]. En esta ocasión, se lograron avances significativos: el monarca consiguió una bula del Papa Clemente VIII respaldando oficialmente la iniciativa y se comprometió a aportar para su construcción 150.000 ducados y otros 500.000 de su mujer, la reina Margarita. Sin embargo, las aspiraciones de los madrileños encontraron una fortísima oposición por parte del arzobispo primado, el cardenal Bernardo Sandoval y Rojas, sobrino del todopoderoso duque de Lerma. El cardenal se mostró en contra de la idea, ya que la creación de una catedral en Madrid significaría privar a su arzobispado de la capital de la monarquía hispánica, lo que afectaría tanto a su influencia eclesiástica y poder como a los beneficios económicos derivados de la villa. Esta oposición fue determinante y llevó al abandono de este segundo intento.

Isabel de Borbón y la Virgen de la Almudena

En 1623, durante el reinado de Felipe IV, volvió a cobrar fuerza la idea de construir una catedral en Madrid, motivada por un acto devocional de la reina Isabel de Borbón. Embarazada y profundamente devota de la Virgen de la Almudena, la reina le hizo el ofrecimiento en dotar y fundar una capilla en la antigua iglesia de Santa María, la más antigua de Madrid, donde se encontraba la imagen de la Almudena.

"Retrato de Isabel de Borbón", por Diego Velázquez (1632). Nueva York, colección particular.
«Retrato de Isabel de Borbón», por Diego Velázquez (1632). Nueva York, colección particular.

El conde-duque de Olivares, valido de Felipe IV, y el propio rey, reconocieron la oportunidad que se presentaba, considerando que era el momento adecuado para convertir en realidad el anhelado deseo de Madrid de contar con una iglesia principal que reflejara el estatus de la ciudad como capital del Imperio. El Concejo, como no podía ser de otra manera, se unió al proyecto, argumentando que «La Villa de Madrid dice que el servicio de vuestra Majestad y el bien universal de la Villa y su Tierra, importa y tiene gran necesidad que se haga en ella una Iglesia y Catedral y Cabeza de Obispado» [3].

El entusiasmo por la idea fue notable y Felipe IV emitió una cédula real por la que se establecían los medios para «erigir, fundar y fabricar en esta villa una Iglesia Catedral de la advocación de Nuestra Señora de la Almudena». El Concejo, por su parte, se comprometió a aportar una significativa suma de 200.000 ducados y a ceder como solar las casas que habían pertenecido a D. Pedro González de Mendoza, situadas junto a la parroquia de Santa María. Con el objetivo de gestionar las obras de la futura catedral, se creó una Junta que incluía al corregidor de Madrid, representantes de la reina, regidores de la villa, y comisarios especialmente designados para supervisar el proyecto. A cargo de la ejecución del diseño fueron nombrados Juan Gómez de Mora, maestro mayor del rey, y su aparejador, Pedro Lizargárate.

La ceremonia de la colocación de la primera piedra tuvo lugar el 15 de noviembre de 1623, un acto solemne en el que participaron diversas autoridades, tanto civiles como religiosas, destacándose la presencia del rey Felipe IV y otros miembros del gobierno local, y del tenemos la descripción de cómo se desarrolló:

«El día de San Eugenio, primer arzobispo de Toledo, fue el día de la celebridad de la colocación de la primera piedra en la iglesia parroquial, o mejor dicho, colegial de Santa María de la Almudena. Se acondicionó el lugar con madera y tapicería, y en el altar, en el espacio que habría de ser el mayor, se colocó una cortina y otras prevenciones, similar a las de la Capilla del Palacio. Desde allí salió la procesión, acompañada de cruces, pendones, cofradías, gigantes, danzas e invenciones, al igual que en el día del Corpus. Participaron el clero, los confesores, los predicadores, los capellanes y la música del Rey. La ceremonia fue presidida por el Ilustrísimo Nuncio, quien, para demostrar su deseo de servir a Sus Majestades, consideró incluso el acto de echar piedras como un gesto de sabiduría. La Reina, la Infanta, el Cardenal Infante y la nobleza del Palacio asistieron desde las ventanas, mientras que el Rey y el Infante Carlos, con grandes aderezos, salieron a la procesión. También estuvieron presentes catorce grandes, embajadores, el Patriarca, el Arzobispo de Santiago, otros prelados y señores de la Corte. En el lugar donde se colocó la piedra, se depositaron medallas con el rostro del Pontífice, de los Reyes y de las personas reales, así como monedas de diferentes tipos y la bula con las inscripciones relativas a la erección del templo. El evento terminó o comenzó con una gran cantidad de luminarias y fuegos, lo cual fue especialmente supervisado por Don Juan de Castro y Castilla, Corregidor de la Corte, quien fue digno de mayores honores por su diligencia.» [4]

El proyecto sufrió un importante revés en 1625, apenas iniciado, cuando se vio obligado a paralizarse. La principal razón de este estancamiento fue la falta de recursos suficientes para afrontar, por un lado, las reformas y la modernización del Alcázar madrileño, y por otro, la construcción de la catedral. Las arcas de la Corona no podían cubrir ambos gastos simultáneamente, lo que llevó a suspender las obras de la catedral, primero de forma temporal y, finalmente, de manera indefinida. Madrid debería seguir esperando su catedral.

La Revolución de 1868

Con Carlos III se volvió a contemplar la idea de retomar el proyecto de construir una catedral en Madrid, impulsada por el deseo de dotar a la ciudad de una iglesia principal que estuviera a la altura de su importancia como capital. Incluso el arquitecto Sacchetti fue encargado de realizar algunos planos, pero la iniciativa no pasó de la fase preliminar y no llegó a concretarse en la práctica.

La reina Isabel II y su esposo, visitando el monumento de Jueves Santo en la iglesia de Santa María, de Ramón Soldevilla. La obra representa a la reina Isabel II de España (1830-1904) y a su esposo, el rey Francisco de Asís de Borbón (1822-1902), visitando el monumento del Jueves Santo en la desaparecida iglesia de Santa María de Madrid, que fue demolida en 1868.
«La reina Isabel II y su esposo, visitando el monumento de Jueves Santo en la iglesia de Santa María», de Ramón Soldevilla. Museo de Historia de Madrid.

Pasaron los años, una guerra y estando el país sumido en otra las Cortes Constituyentes de 1837 decidieron rescatar la propuesta de crear de una sede diocesana en Madrid y  recogerla en el Concordato de 1851 firmado entre España y la Santa Sede. Sin embargo, diversos factores políticos, como los cambios de gobierno y las tensiones sociales, impidieron realizarla. Incluso pareció desvanecerse aún más cuando en 1868 el Ayuntamiento de Madrid decidió demoler la iglesia de Santa María de la Almudena con el objetivo de ampliar la calle Mayor hasta la cuesta de la Vega para conectar con la calle de Bailén. El derribo comenzó el 27 de octubre de 1868 y concluyó el 4 de mayo del año siguiente. La imagen de la Virgen de la Almudena fue trasladada al Monasterio del Santísimo Sacramento. Este monasterio,  que había sido fundado en 1615 por Cristóbal Gómez de Sandoval y Rojas,también sufriría la misma suerte que la iglesia de Santa María, ya que fue derribado en la década de 1970 para dar paso a un bloque de apartamentos.

María de las Mercedes

Mientras la que había sido la iglesia más antigua de Madrid era víctima de la piqueta, la Congregación de Esclavos de la Virgen de la Almudena, fundada en 1640, solicitó al arzobispo de Toledo el permiso para edificar una nueva iglesia en honor a la Virgen de la Almudena, en un intento de preservar tanto el culto a la imagen como la devoción popular que esta advocación había suscitado durante siglos entre los madrileños. Gracias al apoyo de la reina María de las Mercedes, ferviente devota de la Virgen de la Almudena, se consiguió la cesión por parte de Patrimonio de un terreno junto a palacio, entre la Plaza de la Armería y la Cuesta de la Vega.

Alfonso XII y María de las Mercedes, el día de su boda . Fuente: SFGP / Gtres
Alfonso XII y María de las Mercedes, el día de su boda. Fuente: SFGP / Gtres

No llegaría a contemplar la nueva iglesia la reina, ya que falleció repentinamente el 26 de junio de 1878. Al no haber tenido hijos, no podía ser enterrada en el Panteón de Reyes del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Ante esta situación, Alfonso XII dispuso que su descanso eterno tuviera lugar en la nueva iglesia de la Almudena, destinando una donación de 125.000 reales para tal fin. A finales de julio de 1878, el marqués de Cubas fue comisionado para diseñar la iglesia de Santa María la Real de la Almudena. Las obras de desmonte comenzaron el 14 de julio de 1881, y, como se mencionó anteriormente, el 4 de abril de 1883, Alfonso XII, acompañado por su segunda esposa, la reina María Cristina, presidió la ceremonia de bendición de la primera piedra del templo.

La diocésis Madrid-Alcalá

El 29 de mayo de 1885 nació la diócesis de Madrid-Alcalá, erigida como sufragánea de la archidiócesis de Toledo. La bula papal que formalizaba esta creación, titulada Romani Pontifices Praedecessores, establecía, entre otras disposiciones, que «cuando con el favor de Dios se complete la edificación del templo de Santa María de la Almudena, se constituirá en él perpetuamente la Silla episcopal como iglesia catedral de la diócesis». Mientras tanto, hasta la finalización de la catedral de la Almudena, se designó la Colegiata de San Isidro como catedral provisional de Madrid.

Obras de construcción de la Catedral de la Almudena. Tarjeta postal circulada en 1901. Fuente: picryl
Obras de construcción de la Catedral de la Almudena. Tarjeta postal circulada en 1901. Fuente: picryl

La elección de la iglesia de Santa María de la Almudena como futura catedral implicó una modificación significativa en su diseño original. El nuevo proyecto, encargado nuevamente al arquitecto Francisco de Cubas, fue mucho más ambicioso y de mayor escala, combinando elementos del románico, el gótico y el renacimiento.

Francisco de Cubas. Sección longitudinal de la Catedral de Santa María la Real de la Almudena. Archivo de la Catedral de la Almudena. 1885. Fuente IEM
Francisco de Cubas. Sección longitudinal de la Catedral de Santa María la Real de la Almudena. Archivo de la Catedral de la Almudena. Fuente: IEM

Sin embargo, al igual que ocurrió en tiempos de Felipe IV, las obras se vieron detenidas por diversos obstáculos, entre ellos la falta de financiación y el escaso apoyo de los gobiernos de la época. Como resultado, la construcción de la catedral se paralizó, y la cripta, inaugurada en 1911, se convirtió en el único espacio de culto disponible durante esos años.

Cripta de la Almudena. Tarjeta postal circulada en 1914.Fuente: picryl.jpg
Cripta de la Almudena. Tarjeta postal circulada en 1914.Fuente: picryl.jpg

Nace un nuevo proyecto

Tras la Guerra Civil la construcción de la Catedral de la Almudena se encontraba en un estado muy incompleto. En 1944, el marqués de Lozoya, Director General de Bellas Artes, convocó un concurso público para elegir un nuevo proyecto, menos costoso, que permitiera la reactivación de las obras. El concurso fue ganado por los arquitectos Fernando Chueca Goitia y Carlos Sidro, cuyo diseño consistía en una catedral considerablemente más pequeña que la original, con un tamaño que reducía la estructura planificada a solo una tercera parte de lo que se había concebido inicialmente, lo que permitiría completar el templo catedralicio en un tiempo más corto y con menos costos.

Las obras se reanudaron en 1950, finalizándose el claustro en 1955 y la fachada principal en 1960 aunque aún faltaban elementos decorativos. Sin embargo, la falta de fondos volvió a paralizar las obras en 1969. Se estimó que se necesitaban 1.000 millones de pesetas para concluir la construcción de la catedral.

Obras de construcción de la catedral de la Almudena en la década de 1960. Fuente: Archidiocésis de Madrid
Obras de construcción de la catedral de la Almudena en la década de 1960. Fuente: Archidiocésis de Madrid

A pesar de estos contratiempos financieros, el 25 de marzo de 1964, el Papa Pablo VI elevó la diócesis de Madrid-Alcalá al rango de Arzobispal. Este nombramiento significó su separación del arzobispado de Toledo y estableció su dependencia directa de la Santa Sede.

Ángel Suquía y Felipe González

Con el objetivo de recaudar los fondos necesarios para concluir la catedral, en 1978 se fundó el Patronato para la Terminación, Conservación y Exaltación de la Catedral de Santa María de la Almudena, cuya sede se estableció en la Casa de la Panadería, en la Plaza Mayor. Sin embargo, sería el nuevo obispo de Madrid-Alcalá, Ángel Suquía, nombrado el 12 de abril de 1983, quien logró movilizar los recursos necesarios y obtener el apoyo institucional y empresarial, lo que permitió la finalización de las obras.

El obispo se dirigió al presidente de la Comunidad de Madrid, Joaquín Leguina, y al alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galván, solicitando fondos. Leguina le respondió: «Yo pondré el mismo dinero que ponga el alcalde». «Lo dije con un poco de mala fe», narraría años más tarde entre risas el histórico socialista, recordando que «Una vez paseando por delante del Palacio Real, Tierno me había dicho: “Pero esta historia de la época de Alfonso XII de que querían hacer aquí la catedral, juntar el trono y el altar… ¡Que se queden las ruinas como están, que no están mal!”. Así que pensé: “Este no va a dar un duro”. Pero no, me equivoqué de medio a medio» [5]. Sin embargo, Suquía logró convencer al alcalde cambiando astutamente su enfoque. Le mostró un dibujo de Chueca que representaba las vistas panorámicas del conjunto palacio-catedral, y le dijo. «Vamos a dejarnos de hablar de la catedral. Esta es la cornisa panorámica de Madrid» [6]. Esta estrategia resultó efectiva y consiguió el apoyo necesario.

El cardenal Suquía con los reyes de España. Fuente: Archidiocésis de Madrid
El cardenal Suquía con los reyes de España. Fuente: Archidiocésis de Madrid

Sin embargo, los fondos proporcionados por la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento seguían siendo insuficientes para concluir las obras, lo que llevó al obispo a recurrir al presidente del Gobierno, Felipe González. Este, comprometido de manera decidida con el proyecto, convocó una cena en la Moncloa con los principales responsables de la banca y grandes empresas del país. Durante este encuentro, González solicitó a sus invitados que contribuyeran con una cantidad específica para asegurar la culminación de la catedral. Todos los asistentes se comprometieron a cumplir con la aportación de manera estricta y efectiva. Años más tarde, el arzobispo Rouco Varela reconoció públicamente que «si alguien colaboró para que se terminara la catedral de la Almudena, fue Felipe González» [7]. Esta iniciativa fue crucial para asegurar los recursos necesarios y lograr que la obra fuera finalmente completada.

Otra fuente fundamental de ingresos para completar la construcción de la Catedral de la Almudena fue la Fundación de La Almudena, creada en noviembre de 1984. Esta organización estaba integrada por diversas entidades, como el Arzobispado de Madrid, el Ayuntamiento de Madrid, la Comunidad Autónoma, la Caja de Ahorros, la Cámara de Comercio y la Asociación de la Prensa. El patronato de la Fundación se encargó de donar 35 millones de pesetas para las obras. Además, se organizó una exitosa campaña de cuestación popular que logró recaudar cerca de 100 millones de pesetas, lo que reflejó el fuerte apoyo y la solidaridad de los ciudadanos en este ambicioso proyecto. A lo largo de este proceso, destacadas personalidades de distintos campos, como la política, el arte, el teatro, el pensamiento y el deporte, se unieron a la causa, brindando no solo apoyo económico, sino también visibilidad mediática.

La consagración de la Catedral: 15 de junio de 1993

Gracias a las numerosas aportaciones de empresas, instituciones y particulares se consiguieron recaudar los fondos necesarios para completar la construcción de la catedral. Las obras se reanudaron el 14 de octubre de 1984, y tras casi una década de intensos trabajos, se dieron por finalizadas en 1993.

En un acto cargado de emoción para los madrileños, el 10 de junio de 1993 la imagen de su patrona, Santa María de la Almudena, abandonaba la la colegiata de San Isidro, donde había estado desde 1954, para ser trasladada a su nuevo hogar: la catedral que lleva su nombre. Cinco días después, el 15 de junio de 1993, en una plaza abarrotada por miles de personas que querían ser testigos de aquel momento histórico, el Papa Juan Pablo II consagró oficialmente la Catedral de la Almudena, la primera catedral consagrada por un Papa.

15 de junio de 1993. Juan Pablo II consagra la catedral de la Almudena. Fuente: El Debate
15 de junio de 1993. Juan Pablo II consagra la catedral de la Almudena. Fuente: El Debate

 

Aunque su estilo arquitectónico, que combina elementos neoclásicos, góticos y modernos, no convence a todo el mundo y ha generado debates sobre su adecuación al entorno y su coherencia estética, la Catedral de la Almudena se ha convertido en uno de los principales símbolos arquitectónicos de Madrid. Representa el esfuerzo colectivo y la perseverancia que hicieron posible materializar uno de los proyectos más ambiciosos en la historia del patrimonio religioso de la ciudad. Es el resultado de la dedicación de varias generaciones y del esfuerzo y determinación de todos aquellos que trabajaron para hacer realidad que Madrid tuviera finalmente una catedral propia.

Notas

  1. León Pinelo, Anales de Madrid (desde el año 447 al de 1658).

  2. Archivo de la Villa de Madrid, ASA 2-362-54, citado en Virginia Tovar Martín, «Aspectos prácticos y teóricos de un proyecto de catedral de Madrid», en La Almudena y Madrid, Fundación Villa y Corte, Madrid, 1993.

  3. Archivo de la Villa de Madrid, ASA 2-401-7, citado en Virginia Tovar Martín, «Aspectos prácticos y teóricos de un proyecto de catedral de Madrid», en La Almudena y Madrid, Fundación Villa y Corte, Madrid, 1993.

  4. Cartas de Andrés de Almansa y Mendoza: Novedades de Esta Corte y Avisos Recibidos de Otras Partes, 1621-1626, citado en Ricardo Sepúlveda, «Santa María de la Almudena».

  5. Ricardo Benjumea, «Y Madrid tuvo por fin su catedral», Alfa y Omega, 28 de junio de 2018.

  6. Ricardo Benjumea, «Y Madrid tuvo por fin su catedral», Alfa y Omega, 28 de junio de 2018.

  7. José Beltrán, «Suquía y Felipe González, el tándem que dio el empujón definitivo a La Almudena», Vida nueva digital, 21 de junio de 2018.

Fotografía de cabecera

Vista de la catedral desde el ángulo noreste. De Fernando – Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=114109784

Bibliografía

Además de las fuentes indicadas en las notas, para la redacción de este artículo se ha consultado:

  1. Página web de la Archidiócesis de Madrid.
  2. Página web Catholic.net.
  3. García Hidalgo Villena, Cipriano. Madrid sin catedral. Breve historia de un desencuentro. Investigart.
El Gato Bloguero
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