¿Conoces a ‘La Rubia’ del Palacio de Cibeles?

Suele pasar desapercibida para el viandante que transita por la plaza de Cibeles. Sin embargo, si uno levanta la vista hacia la fachada del antiguo Palacio de Correos y Telégrafos —hoy sede del Ayuntamiento de Madrid—, descubrirá una pequeña joya del modernismo madrileño: una escultura que corona la entrada principal del edificio y que encierra historia, simbolismo y una belleza silenciosa.

No es extraño que esta figura pase inadvertida: la monumentalidad del edificio, unida al protagonismo indiscutible de la Fuente de la diosa Cibeles, situada en el centro de la plaza, tiende a eclipsar los detalles más sutiles del entorno. El conjunto urbano absorbe la atención visual del visitante, relegando esta creación artística a un segundo plano a pesar de su delicadeza y valor estético.

Obra del escultor Ángel García Díaz, la pieza fue concebida como parte del programa decorativo del edificio proyectado por Antonio Palacios y Joaquín Otamendi. Representa a una delicada figura femenina, desnuda, modelada con formas elegantes y sensuales. Sus contornos se funden de manera orgánica con motivos vegetales estilizados, integrándose con sutileza en la ornamentación del inmueble. Esta fusión entre el cuerpo humano y la naturaleza no es casual: responde al ideal modernista de unir arte, arquitectura y vida a través de un lenguaje simbólico y naturalista.

La Rubia del Palacio de Cibeles. Fotografía por Mario Sánchez Cachero.
La Rubia del Palacio de Cibeles. Fotografía por Mario Sánchez Cachero.

 

Conocida popularmente como «La Rubia», debe su apodo al llamativo color del cabello de la joven que posó como modelo para García Díaz durante el proceso de modelado. Aunque se desconoce su identidad, esta anécdota ha perdurado en la memoria popular madrileña, otorgando a la obra un carácter cercano y casi legendario. Este detalle humaniza la figura y la conecta con el ámbito cotidiano, en contraste con su función monumental.

La obra no solo destaca por su expresividad formal y su ejecución técnica, sino también por su valor como parte integral del conjunto artístico del Palacio de Cibeles, un edificio que constituye una de las obras maestras de la arquitectura ecléctica y modernista madrileña del primer tercio del siglo XX.

El Palacio de Cibeles
El Palacio de Cibeles. Fuente: CentroCentro

 

Además del Palacio de Cibeles, García Díaz colaboró con Palacios en otras realizaciones emblemáticas, como la actual sede del Instituto Cervantes —cuyas cariátides monumentales que flanquean la entrada son también de su autoría— y el Círculo de Bellas Artes. Su producción escultórica se caracteriza por un fuerte componente alegórico, con figuras de factura refinada, expresividad controlada y un profundo sentido del equilibrio compositivo.

En una ciudad como Madrid, llena de detalles ocultos, esta figura del Palacio de Cibeles es un tesoro escondido a plena vista. La próxima vez que pases por la plaza, tómate un momento. Levanta la mirada. Y redescubre la ciudad con otros ojos.

La imagen de cabecera es obra de Pablo Jesús Aguilera Concepción.

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La Tía Javiera, las rosquillas que conquistaron Madrid

«Yo soy caballeros, la propia Javiera

que allá en Villarejo no tiene rival

haciendo rosquillas en una caldera

que luego producen un buen capital.

Con grandes montones de pan machacado,

canela y azúcar, aceite y limón,

ceniza y arena, serrín tamizado,

castañas pilongas, potasa y cartón,

fabrico rosquillas que al más relamido

le saben á gloria, que es mucho saber,

y al cabo de un rato de haberlas comido

le causan disturbios por dentro del sér.

Así que se acerca la fiesta bendita

del Santo Patrono que adora Madrid,

me pongo en un puesto cercano á la ermita,

y en él instalada me apresto á la lid.

¡Oh, si, caballeros! Me apresto á la lucha

con otras Javieras de muy mala fe

que no tién vergüenza ni poca ni mucha,

porque hacen la masa Dios sabe con qué.

No tengo yo primos, ni hermanas, ni tias,

por más que las gentes lo crean así.

Los únicos primos que tengo estos días

son todos los tontos que acuden á mí

y adquieren la masa que os he referido:

¿pero otros parientes? Jamás los gasté».

«La tía Javiera. Monólogo.» Extracto. Blanco y Negro, 12 de mayo de 1894.

Hablar de San Isidro es hablar del alma castiza de Madrid, de sus tradiciones más entrañables y de ese aire festivo que, cada 15 de mayo, transforma la ciudad en una gran verbena popular. Madrid se llena de color y alegría, sus calles se engalanan y se llenan de chulapos y chulapas, que al son del organillo bailan el chotis. Pero el verdadero centro de la celebración se encuentra en la pradera de San Isidro, que se llena de vida y bullicio. Los madrileños, luciendo mantones de manila, pañuelos y claveles, se agrupan en torno a la ermita para cumplir con la tradición de beber el agua del santo.

Y, por supuesto, no se puede hablar de San Isidro sin pensar en las rosquillas, ese dulce que se ha convertido en uno de los protagonistas de esta festividad. Las hay de varios tipos: tontas, listas, de Santa Clara, francesas… Pero las más famosas fueron las de la mítica Tía Javiera, quien, según cuentan, elaboraba las rosquillas más deliciosas de to’ Madrid. Su éxito fue tan grande que su nombre trascendió más allá de su figura. A medida que su fama crecía, comenzaron a aparecer supuestos “parientes” que, aprovechándose de su renombre, vendían sus propias rosquillas. Así, ya no se hablaba solo de la Tía Javiera, sino también de su “sobrina” o de otros familiares inventados que intentaban sacar partido de su «parentesco» para promocionar sus propios productos. La prensa madrileña no tardó en hacerse eco, con tono burlón, de la proliferación de estos “familiares” de la Tía Javiera. Un buen ejemplo de ello lo encontramos en este artículo publicado en El Cascabel el 14 de mayo de 1876:

«La Tía Javiera personifica las tradiciones de la romería de San Isidro. No he conocido en mi vida una familia más dilatada ni de mejor pasta. Es una familia inmortal, como San Isidro, que vivirá por los siglos de los siglos. Aunque la población decrezca, la familia de la Tía Javiera irá en aumento. Cada individuo de la misma, al venir al mundo, nace ya con su saco de rosquillas y su puesto ambulante. Y todos se obligan solemnemente a no faltar ningún año a la romería. Mirada bajo este aspecto, la fiesta de San Isidro no pasa de ser una reunión de familia.

El apellido de la Tía Javiera se ignora; el de sus parientes también. La Tía Javiera da nombre a toda una generación. Las rosquillas del Santo, al salir del horno, son bautizadas con el nombre de su célebre inventora. Recorred las inmediaciones de la ermita, y dondequiera que veáis cuatro rosquillas juntas, allí encontraréis su fe de bautismo escrita en gruesos caracteres que digan: La Tía Javiera, la mismísima Tía Javiera, la sobrina de la Tía Javiera, un primo hermano de la cuñada del abuelo del marido de la Tía Javiera, un amigo y testamentario de la Tía Javiera, el burro de la Tía Javiera».

El mundo cómico, semanario humorístico. 16 mayo 1875
«Los parientes de la tía Javiera». Fuente: El mundo cómico, semanario humorístico. 16 mayo 1875.

 

Jacinto Benavente, hijo predilecto de Madrid y premio Nobel de literatura, nos proporciona información sobre la tía Javiera y sus rosquillas, que recordaba con nostalgia unidas a su niñez:

«Las llamadas del Santo son de tres clases: la tontas, las de Fuenlabrada, o de yema, y las de Villarejo de Salvanés, o de la Tía Javiera, que por rosquillas hizo famoso su nombre y el de su pueblo. Todavía se recuerda el anuncio: «Yo, como la verdadera Tía Javiera, no tengo hijas ni sobrinas»; porque eran muchas las que se anunciaban, cuando la tía Javiera ya había muerto, como verdaderas sobrinas de la Tía Javiera. Por haber sido mi padre médico titular de Villarejo de Salvanés y por ser de allí mi madre, he tenido cabal noticia de la verdadera tía Javiera y de su descendencia. Cuando yo nací, ya no existía la tía Javiera, que, en efecto, no había dejado hijas ni sobrinas, pero sí una sobrina segunda que todos los años, por San Isidro, venía a Madrid, y tenía su puesto con las más legítimas rosquillas de Villarejo y de la tía Javiera. De niño iba yo, con mis padres a la Romería, en la víspera del Santo, y mis padres, que conocían a la vendedora, compraban en su puesto. las rosquillas. No vestía de lugareña, como Ias de otros puestos similares, vestía a lo señora de puebIo, y llevaba al cuello un collar de aljófar de muchas vueltas. Hablaba con mis padres de sucesos y personas del pueblo y me obsequiaba con una rosquilla. Podía yo haberme olvidado de todo, pero no me he olvidado de la rosquilla; a la rosquilla van engarzados el recuerdo del collar de aljófar y del señoril agrado de la vendedora al departir con mis padres y celebrar mis ojos.
Las rosquillas especiales de Villarejo eran las de baño blanco, y la gracia de ellas estaba en que el baño no se cuarteaba ni se desprendía al partirlas. Su elaboración era muy esmerada. Sus componentes, harina, huevos y azúcar, habían de ser de la mejor calidad».

ABC, 10 de mayo de 1950.

Vista de la Pradera de San Isidro en el día del Santo. Anónimo, 1875
Vista de la Pradera de San Isidro en el día del Santo. Anónimo, 1875.

 

Como colofón a este artículo, nos habría encantado compartir la receta original de estas rosquillas, pero se desconoce; si alguna vez la transmitió la Tía Javiera, hoy en día se ha perdido. Por tanto, vamos a presentar una de las posibles recetas que han ido apareciendo en la prensa a lo largo de los años. La elección del periódico no es casual, ya que nos muestra la enorme fama que estas rosquillas llegaron a adquirir, traspasando no solo los límites de Madrid, sino también las fronteras de la península ibérica. Se trata de La Oceanía Española, un periódico que se publicaba nada menos que en la entonces española Manila y que, en su edición del 14 de julio de 1887, explicaba así cómo elaborar este delicioso dulce:

«Hágase una mezcla de 500 gramos de azúcar y doce yemas de huevo batidas, un poco de anís sin moler, cierta cantidad de harina de flor; despues de bien revuelto y cuando ha tomado consistencia, se deja reposar, y cuando la masa está correosa se hacen las roscas y se cuecen: luego hágase un batido de claras con azúcar en la proporcion de una cucharada por cada clara, echando este batido por encima de las roscas, formando labores caprichosas, y se pone á secar á boca de horno».

Retrato de La Tía Javiera. Nuevo Mundo,16 mayo 1895
Retrato de La Tía Javiera. Fuente: Nuevo Mundo,16 mayo 1895.

No podemos ya, por tanto, disfrutar del sabor de aquellas rosquillas, pero sí podemos disfrutar de las tontas, las listas, las de Santa Clara, las francesas y, sobre todo, del inconfundible sabor de las fiestas de Madrid. ¡Claro que sí!

Imagen de cabecera: Las rosquillas del santo, Ángel Lizcano. Dominio público.

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