Pocas épocas ha habido más convulsas que la que va de la caida de Isabel II a la llegada de su hijo Alfonso XII al trono del Palacio Real unos años más tarde.

La revolución de 1868 era inevitable desde dos años antes, en que hubo contactos para procurar el fin de la monarquía entre el partido progresista y las personas que entonces se hacían llamar «demócratas», que se pueden considerar la prehistoria de la actual izquierda política española.