El 4 de abril de 1883, el rey Alfonso XII presidió la ceremonia en la que se colocó la primera piedra de una iglesia que con el paso de los años llegaría a convertirse la Catedral de Santa María la Real de la Almudena. Sin embargo, este evento no era el comienzo de la historia de la catedral, sino una etapa más de un proceso que se gestó a lo largo de varios siglos.
Aquella mañana de abril de 1883, nadie podía imaginar los diversos obstáculos que dificultarían su construcción a lo largo de los años, como la falta de financiación y los cambios políticos. Habría de transcurrir más de un siglo desde aquella primera piedra para que la Catedral de la Almudena se hiciera realidad, convirtiéndose en un símbolo de la ciudad y de la historia de España, un testimonio de perseverancia y fe que perdura hasta nuestros días.
El 4 de abril de 1883, el rey Alfonso XII presidió la ceremonia en la que se colocó la primera piedra de una iglesia que con el paso de los años llegaría a convertirse la Catedral de Santa María la Real de la Almudena. Sin embargo, este evento no era el comienzo de la historia de la catedral, sino una etapa más de un proceso que se gestó a lo largo de varios siglos.
Aquella mañana de abril de 1883, nadie podía imaginar los diversos obstáculos que dificultarían su construcción a lo largo de los años, como la falta de financiación y los cambios políticos. Habría de transcurrir más de un siglo desde aquella primera piedra para que la Catedral de la Almudena se hiciera realidad, convirtiéndose en un símbolo de la ciudad y de la historia de España, un testimonio de perseverancia y fe que perdura hasta nuestros días.
Los primeros intentos de construir una catedral
Con la instauración de la corte en Madrid como capital de la monarquía hispánica, la Villa comenzó a ganar una creciente relevancia tanto en el ámbito político como administrativo. Este proceso de consolidación de Madrid como centro del poder llevó a la ciudad a plantearse la posibilidad de independizarse del arzobispado de Toledo, la Dives Toletana, como era conocido. Dicho arzobispado desempeñaba un papel clave en la estructura eclesiástica y política del reino de Castilla, siendo la sede de la primacía eclesiástica de España y el centro religioso más importante del país. Su arzobispo no solo ostentaba una considerable influencia dentro de la Iglesia, sino que también ejercía un poder decisivo en la política y la sociedad del reino.
Respondiendo a esta necesidad, en 1576 el Concejo de la Villa presentó un memorial al rey Felipe II solicitando la creación de una catedral o iglesia colegial en Madrid: «Este año, la Villa de Madrid presentó un memorial al Rey, suplicándole que se erigiera en ella una iglesia catedral o colegial. Tras ser remitido a la Cámara donde Su Majestad lo recibió, se le consultó si sería conveniente erigirla como colegial, tomando para ello la renta del arzobispado de Toledo, hasta diez mil ducados. El rey [que estaba por entonces más enfocado en la construcción de El Escorial] respondió que se acordara y se considerara más detenidamente el asunto»[1].
La cuestión no avanzó y unos años más tarde el Concejo de la Villa volvió a insistir sobre ello, dirigiéndose de nuevo al rey, por entonces Felipe III: «La Villa de Madrid dice que al servicio de vuestra Majestad y el bien universal de la Villa y su Tierra, importa y tiene gran necesidad de que se haga en ella una Iglesia de Catedral y cabeza de obispado» [2]. En esta ocasión, se lograron avances significativos: el monarca consiguió una bula del Papa Clemente VIII respaldando oficialmente la iniciativa y se comprometió a aportar para su construcción 150.000 ducados y otros 500.000 de su mujer, la reina Margarita. Sin embargo, las aspiraciones de los madrileños encontraron una fortísima oposición por parte del arzobispo primado, el cardenal Bernardo Sandoval y Rojas, sobrino del todopoderoso duque de Lerma. El cardenal se mostró en contra de la idea, ya que la creación de una catedral en Madrid significaría privar a su arzobispado de la capital de la monarquía hispánica, lo que afectaría tanto a su influencia eclesiástica y poder como a los beneficios económicos derivados de la villa. Esta oposición fue determinante y llevó al abandono de este segundo intento.
Isabel de Borbón y la Virgen de la Almudena
En 1623, durante el reinado de Felipe IV, volvió a cobrar fuerza la idea de construir una catedral en Madrid, motivada por un acto devocional de la reina Isabel de Borbón. Embarazada y profundamente devota de la Virgen de la Almudena, la reina le hizo el ofrecimiento en dotar y fundar una capilla en la antigua iglesia de Santa María, la más antigua de Madrid, donde se encontraba la imagen de la Almudena.
«Retrato de Isabel de Borbón», por Diego Velázquez (1632). Nueva York, colección particular.
El conde-duque de Olivares, valido de Felipe IV, y el propio rey, reconocieron la oportunidad que se presentaba, considerando que era el momento adecuado para convertir en realidad el anhelado deseo de Madrid de contar con una iglesia principal que reflejara el estatus de la ciudad como capital del Imperio. El Concejo, como no podía ser de otra manera, se unió al proyecto, argumentando que «La Villa de Madrid dice que el servicio de vuestra Majestad y el bien universal de la Villa y su Tierra, importa y tiene gran necesidad que se haga en ella una Iglesia y Catedral y Cabeza de Obispado» [3].
El entusiasmo por la idea fue notable y Felipe IV emitió una cédula real por la que se establecían los medios para «erigir, fundar y fabricar en esta villa una Iglesia Catedral de la advocación de Nuestra Señora de la Almudena». El Concejo, por su parte, se comprometió a aportar una significativa suma de 200.000 ducados y a ceder como solar las casas que habían pertenecido a D. Pedro González de Mendoza, situadas junto a la parroquia de Santa María. Con el objetivo de gestionar las obras de la futura catedral, se creó una Junta que incluía al corregidor de Madrid, representantes de la reina, regidores de la villa, y comisarios especialmente designados para supervisar el proyecto. A cargo de la ejecución del diseño fueron nombrados Juan Gómez de Mora, maestro mayor del rey, y su aparejador, Pedro Lizargárate.
La ceremonia de la colocación de la primera piedra tuvo lugar el 15 de noviembre de 1623, un acto solemne en el que participaron diversas autoridades, tanto civiles como religiosas, destacándose la presencia del rey Felipe IV y otros miembros del gobierno local, y del tenemos la descripción de cómo se desarrolló:
«El día de San Eugenio, primer arzobispo de Toledo, fue el día de la celebridad de la colocación de la primera piedra en la iglesia parroquial, o mejor dicho, colegial de Santa María de la Almudena. Se acondicionó el lugar con madera y tapicería, y en el altar, en el espacio que habría de ser el mayor, se colocó una cortina y otras prevenciones, similar a las de la Capilla del Palacio. Desde allí salió la procesión, acompañada de cruces, pendones, cofradías, gigantes, danzas e invenciones, al igual que en el día del Corpus. Participaron el clero, los confesores, los predicadores, los capellanes y la música del Rey. La ceremonia fue presidida por el Ilustrísimo Nuncio, quien, para demostrar su deseo de servir a Sus Majestades, consideró incluso el acto de echar piedras como un gesto de sabiduría. La Reina, la Infanta, el Cardenal Infante y la nobleza del Palacio asistieron desde las ventanas, mientras que el Rey y el Infante Carlos, con grandes aderezos, salieron a la procesión. También estuvieron presentes catorce grandes, embajadores, el Patriarca, el Arzobispo de Santiago, otros prelados y señores de la Corte. En el lugar donde se colocó la piedra, se depositaron medallas con el rostro del Pontífice, de los Reyes y de las personas reales, así como monedas de diferentes tipos y la bula con las inscripciones relativas a la erección del templo. El evento terminó o comenzó con una gran cantidad de luminarias y fuegos, lo cual fue especialmente supervisado por Don Juan de Castro y Castilla, Corregidor de la Corte, quien fue digno de mayores honores por su diligencia.» [4]
El proyecto sufrió un importante revés en 1625, apenas iniciado, cuando se vio obligado a paralizarse. La principal razón de este estancamiento fue la falta de recursos suficientes para afrontar, por un lado, las reformas y la modernización del Alcázar madrileño, y por otro, la construcción de la catedral. Las arcas de la Corona no podían cubrir ambos gastos simultáneamente, lo que llevó a suspender las obras de la catedral, primero de forma temporal y, finalmente, de manera indefinida. Madrid debería seguir esperando su catedral.
La Revolución de 1868
Con Carlos III se volvió a contemplar la idea de retomar el proyecto de construir una catedral en Madrid, impulsada por el deseo de dotar a la ciudad de una iglesia principal que estuviera a la altura de su importancia como capital. Incluso el arquitecto Sacchetti fue encargado de realizar algunos planos, pero la iniciativa no pasó de la fase preliminar y no llegó a concretarse en la práctica.
«La reina Isabel II y su esposo, visitando el monumento de Jueves Santo en la iglesia de Santa María», de Ramón Soldevilla. Museo de Historia de Madrid.
Pasaron los años, una guerra y estando el país sumido en otra las Cortes Constituyentes de 1837 decidieron rescatar la propuesta de crear de una sede diocesana en Madrid y recogerla en el Concordato de 1851 firmado entre España y la Santa Sede. Sin embargo, diversos factores políticos, como los cambios de gobierno y las tensiones sociales, impidieron realizarla. Incluso pareció desvanecerse aún más cuando en 1868 el Ayuntamiento de Madrid decidió demoler la iglesia de Santa María de la Almudena con el objetivo de ampliar la calle Mayor hasta la cuesta de la Vega para conectar con la calle de Bailén. El derribo comenzó el 27 de octubre de 1868 y concluyó el 4 de mayo del año siguiente. La imagen de la Virgen de la Almudena fue trasladada al Monasterio del Santísimo Sacramento. Este monasterio, que había sido fundado en 1615 por Cristóbal Gómez de Sandoval y Rojas,también sufriría la misma suerte que la iglesia de Santa María, ya que fue derribado en la década de 1970 para dar paso a un bloque de apartamentos.
María de las Mercedes
Mientras la que había sido la iglesia más antigua de Madrid era víctima de la piqueta, la Congregación de Esclavos de la Virgen de la Almudena, fundada en 1640, solicitó al arzobispo de Toledo el permiso para edificar una nueva iglesia en honor a la Virgen de la Almudena, en un intento de preservar tanto el culto a la imagen como la devoción popular que esta advocación había suscitado durante siglos entre los madrileños. Gracias al apoyo de la reina María de las Mercedes, ferviente devota de la Virgen de la Almudena, se consiguió la cesión por parte de Patrimonio de un terreno junto a palacio, entre la Plaza de la Armería y la Cuesta de la Vega.
Alfonso XII y María de las Mercedes, el día de su boda. Fuente: SFGP / Gtres
No llegaría a contemplar la nueva iglesia la reina, ya que falleció repentinamente el 26 de junio de 1878. Al no haber tenido hijos, no podía ser enterrada en el Panteón de Reyes del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Ante esta situación, Alfonso XII dispuso que su descanso eterno tuviera lugar en la nueva iglesia de la Almudena, destinando una donación de 125.000 reales para tal fin. A finales de julio de 1878, el marqués de Cubas fue comisionado para diseñar la iglesia de Santa María la Real de la Almudena. Las obras de desmonte comenzaron el 14 de julio de 1881, y, como se mencionó anteriormente, el 4 de abril de 1883, Alfonso XII, acompañado por su segunda esposa, la reina María Cristina, presidió la ceremonia de bendición de la primera piedra del templo.
La diocésis Madrid-Alcalá
El 29 de mayo de 1885 nació la diócesis de Madrid-Alcalá, erigida como sufragánea de la archidiócesis de Toledo. La bula papal que formalizaba esta creación, titulada Romani Pontifices Praedecessores, establecía, entre otras disposiciones, que «cuando con el favor de Dios se complete la edificación del templo de Santa María de la Almudena, se constituirá en él perpetuamente la Silla episcopal como iglesia catedral de la diócesis». Mientras tanto, hasta la finalización de la catedral de la Almudena, se designó la Colegiata de San Isidro como catedral provisional de Madrid.
Obras de construcción de la Catedral de la Almudena. Tarjeta postal circulada en 1901. Fuente: picryl
La elección de la iglesia de Santa María de la Almudena como futura catedral implicó una modificación significativa en su diseño original. El nuevo proyecto, encargado nuevamente al arquitecto Francisco de Cubas, fue mucho más ambicioso y de mayor escala, combinando elementos del románico, el gótico y el renacimiento.
Francisco de Cubas. Sección longitudinal de la Catedral de Santa María la Real de la Almudena. Archivo de la Catedral de la Almudena. Fuente: IEM
Sin embargo, al igual que ocurrió en tiempos de Felipe IV, las obras se vieron detenidas por diversos obstáculos, entre ellos la falta de financiación y el escaso apoyo de los gobiernos de la época. Como resultado, la construcción de la catedral se paralizó, y la cripta, inaugurada en 1911, se convirtió en el único espacio de culto disponible durante esos años.
Cripta de la Almudena. Tarjeta postal circulada en 1914.Fuente: picryl.jpg
Nace un nuevo proyecto
Tras la Guerra Civil la construcción de la Catedral de la Almudena se encontraba en un estado muy incompleto. En 1944, el marqués de Lozoya, Director General de Bellas Artes, convocó un concurso público para elegir un nuevo proyecto, menos costoso, que permitiera la reactivación de las obras. El concurso fue ganado por los arquitectos Fernando Chueca Goitia y Carlos Sidro, cuyo diseño consistía en una catedral considerablemente más pequeña que la original, con un tamaño que reducía la estructura planificada a solo una tercera parte de lo que se había concebido inicialmente, lo que permitiría completar el templo catedralicio en un tiempo más corto y con menos costos.
Las obras se reanudaron en 1950, finalizándose el claustro en 1955 y la fachada principal en 1960 aunque aún faltaban elementos decorativos. Sin embargo, la falta de fondos volvió a paralizar las obras en 1969. Se estimó que se necesitaban 1.000 millones de pesetas para concluir la construcción de la catedral.
Obras de construcción de la catedral de la Almudena en la década de 1960. Fuente: Archidiocésis de Madrid
A pesar de estos contratiempos financieros, el 25 de marzo de 1964, el Papa Pablo VI elevó la diócesis de Madrid-Alcalá al rango de Arzobispal. Este nombramiento significó su separación del arzobispado de Toledo y estableció su dependencia directa de la Santa Sede.
Ángel Suquía y Felipe González
Con el objetivo de recaudar los fondos necesarios para concluir la catedral, en 1978 se fundó el Patronato para la Terminación, Conservación y Exaltación de la Catedral de Santa María de la Almudena, cuya sede se estableció en la Casa de la Panadería, en la Plaza Mayor. Sin embargo, sería el nuevo obispo de Madrid-Alcalá, Ángel Suquía, nombrado el 12 de abril de 1983, quien logró movilizar los recursos necesarios y obtener el apoyo institucional y empresarial, lo que permitió la finalización de las obras.
El obispo se dirigió al presidente de la Comunidad de Madrid, Joaquín Leguina, y al alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galván, solicitando fondos. Leguina le respondió: «Yo pondré el mismo dinero que ponga el alcalde». «Lo dije con un poco de mala fe», narraría años más tarde entre risas el histórico socialista, recordando que «Una vez paseando por delante del Palacio Real, Tierno me había dicho: “Pero esta historia de la época de Alfonso XII de que querían hacer aquí la catedral, juntar el trono y el altar… ¡Que se queden las ruinas como están, que no están mal!”. Así que pensé: “Este no va a dar un duro”. Pero no, me equivoqué de medio a medio» [5]. Sin embargo, Suquía logró convencer al alcalde cambiando astutamente su enfoque. Le mostró un dibujo de Chueca que representaba las vistas panorámicas del conjunto palacio-catedral, y le dijo. «Vamos a dejarnos de hablar de la catedral. Esta es la cornisa panorámica de Madrid» [6]. Esta estrategia resultó efectiva y consiguió el apoyo necesario.
El cardenal Suquía con los reyes de España. Fuente: Archidiocésis de Madrid
Sin embargo, los fondos proporcionados por la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento seguían siendo insuficientes para concluir las obras, lo que llevó al obispo a recurrir al presidente del Gobierno, Felipe González. Este, comprometido de manera decidida con el proyecto, convocó una cena en la Moncloa con los principales responsables de la banca y grandes empresas del país. Durante este encuentro, González solicitó a sus invitados que contribuyeran con una cantidad específica para asegurar la culminación de la catedral. Todos los asistentes se comprometieron a cumplir con la aportación de manera estricta y efectiva. Años más tarde, el arzobispo Rouco Varela reconoció públicamente que «si alguien colaboró para que se terminara la catedral de la Almudena, fue Felipe González» [7]. Esta iniciativa fue crucial para asegurar los recursos necesarios y lograr que la obra fuera finalmente completada.
Otra fuente fundamental de ingresos para completar la construcción de la Catedral de la Almudena fue la Fundación de La Almudena, creada en noviembre de 1984. Esta organización estaba integrada por diversas entidades, como el Arzobispado de Madrid, el Ayuntamiento de Madrid, la Comunidad Autónoma, la Caja de Ahorros, la Cámara de Comercio y la Asociación de la Prensa. El patronato de la Fundación se encargó de donar 35 millones de pesetas para las obras. Además, se organizó una exitosa campaña de cuestación popular que logró recaudar cerca de 100 millones de pesetas, lo que reflejó el fuerte apoyo y la solidaridad de los ciudadanos en este ambicioso proyecto. A lo largo de este proceso, destacadas personalidades de distintos campos, como la política, el arte, el teatro, el pensamiento y el deporte, se unieron a la causa, brindando no solo apoyo económico, sino también visibilidad mediática.
La consagración de la Catedral: 15 de junio de 1993
Gracias a las numerosas aportaciones de empresas, instituciones y particulares se consiguieron recaudar los fondos necesarios para completar la construcción de la catedral. Las obras se reanudaron el 14 de octubre de 1984, y tras casi una década de intensos trabajos, se dieron por finalizadas en 1993.
En un acto cargado de emoción para los madrileños, el 10 de junio de 1993 la imagen de su patrona, Santa María de la Almudena, abandonaba la la colegiata de San Isidro, donde había estado desde 1954, para ser trasladada a su nuevo hogar: la catedral que lleva su nombre. Cinco días después, el 15 de junio de 1993, en una plaza abarrotada por miles de personas que querían ser testigos de aquel momento histórico, el Papa Juan Pablo II consagró oficialmente la Catedral de la Almudena, la primera catedral consagrada por un Papa.
15 de junio de 1993. Juan Pablo II consagra la catedral de la Almudena. Fuente: El Debate
Aunque su estilo arquitectónico, que combina elementos neoclásicos, góticos y modernos, no convence a todo el mundo y ha generado debates sobre su adecuación al entorno y su coherencia estética, la Catedral de la Almudena se ha convertido en uno de los principales símbolos arquitectónicos de Madrid. Representa el esfuerzo colectivo y la perseverancia que hicieron posible materializar uno de los proyectos más ambiciosos en la historia del patrimonio religioso de la ciudad. Es el resultado de la dedicación de varias generaciones y del esfuerzo y determinación de todos aquellos que trabajaron para hacer realidad que Madrid tuviera finalmente una catedral propia.
Notas
León Pinelo, Anales de Madrid (desde el año 447 al de 1658).
Archivo de la Villa de Madrid, ASA 2-362-54, citado en Virginia Tovar Martín, «Aspectos prácticos y teóricos de un proyecto de catedral de Madrid», en La Almudena y Madrid, Fundación Villa y Corte, Madrid, 1993.
Archivo de la Villa de Madrid, ASA 2-401-7, citado en Virginia Tovar Martín, «Aspectos prácticos y teóricos de un proyecto de catedral de Madrid», en La Almudena y Madrid, Fundación Villa y Corte, Madrid, 1993.
Cartas de Andrés de Almansa y Mendoza: Novedades de Esta Corte y Avisos Recibidos de Otras Partes, 1621-1626, citado en Ricardo Sepúlveda, «Santa María de la Almudena».
Ricardo Benjumea, «Y Madrid tuvo por fin su catedral», Alfa y Omega, 28 de junio de 2018.
Ricardo Benjumea, «Y Madrid tuvo por fin su catedral», Alfa y Omega, 28 de junio de 2018.
José Beltrán, «Suquía y Felipe González, el tándem que dio el empujón definitivo a La Almudena», Vida nueva digital, 21 de junio de 2018.
Fotografía de cabecera
Vista de la catedral desde el ángulo noreste. De Fernando – Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=114109784
Bibliografía
Además de las fuentes indicadas en las notas, para la redacción de este artículo se ha consultado:
Página web de la Archidiócesis de Madrid.
Página web Catholic.net.
García Hidalgo Villena, Cipriano. Madrid sin catedral. Breve historia de un desencuentro. Investigart.
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Maslama al-Mayriti: el primer madrileño destacado en la historia
Maslama al-Mayriti, fue un matemático, astrónomo y astrólogo andalusí. Nació a mediados del siglo X en Mayrit (la actual Madrid), de ahí su nisba o gentilicio, al-Mayriti, que significa el madrileño. Siendo muy joven marchó a Córdoba, donde estudió con reputados maestros matemáticas, geometría y astrología. Fue en la capital del califato donde llevó a cabo su trabajo e investigaciones, consolidándose como una figura clave en el avance de la ciencia medieval. Continue reading «Maslama al-Mayriti: el científico andalusí nacido en Madrid»
Maslama al-Mayriti: el primer madrileño destacado en la historia
Maslama al-Mayriti, fue un matemático, astrónomo y astrólogo andalusí. Nació a mediados del siglo X en Mayrit (la actual Madrid), de ahí su nisba o gentilicio, al-Mayriti, que significa el madrileño. Siendo muy joven marchó a Córdoba, donde estudió con reputados maestros matemáticas, geometría y astrología. Fue en la capital del califato donde llevó a cabo su trabajo e investigaciones, consolidándose como una figura clave en el avance de la ciencia medieval.
El legado científico de Maslama al-Mayriti
Las contribuciones científicas de Maslama al-Mayriti, en una época en la que comerciantes y navegantes dependían de las estrellas para guiar sus travesías y calcular las distancias, no solo hicieron posible que pudieran emprender sus viajes con mayor seguridad y precisión, impulsando así el comercio, sino que también favorecieron el intercambio de ideas y conocimientos entre distintos territorios, promoviendo el desarrollo de la ciencia y la cultura.
Terracota que representa una puerta de arco de herradura, flanqueda por dos torres. Por su aspecto descuidado, parece que pudo ser usada como juguete.
Yacimiento: Casa de San Isidro, Madrid. Siglo XI Museo Arqueológico y Paleontológico de la Comunidad de Madrid
El Zīj al-Majrīṭī
Una de las principales aportaciones de Maslama al-Mayriti fue su trabajo en las tablas astronómicas del Zīj al-Majrīṭī. En este proyecto, adaptó las tablas de Al-Juarizmi y Al-al-Battānī para ajustarlas a las observaciones realizadas en Córdoba y otras ciudades del califato. Modificó varios parámetros y constantes astronómicas, y sustituyó algunas tablas, a la vez que incluyó otras nuevas, lo que mejoró la precisión de los cálculos. Las tablas de al-Mayriti no solo fueron empleadas en Al-Ándalus, sino que también tuvieron una gran difusión en los países cristianos gracias a las traducciones al latín realizadas por eruditos como Adelardo de Bath
Estudios en astronomía esférica
Otro aspecto clave del legado de Maslama al-Mayriti fue su valiosa contribución al desarrollo de la astronomía esférica, disciplina que estudia el movimiento de los cuerpos celestes sobre una esfera imaginaria, permitiendo representar con precisión las trayectorias de los astros. Al-Mayriti utilizó este modelo para mejorar la exactitud de las observaciones astronómicas, lo que permitió calcular con mayor precisión las posiciones de los astros y las fechas de los eventos celestes, una herramienta crucial para la navegación y la planificación de actividades comerciales y científicas.
El astrolabio
Astrolabio de al-Sahlî, del siglo XI (M.A.N., Madrid).
Fotografía de Ángel M. Felicísimo – Astrolabio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=46444536
El astrolabio, inventando en Grecia entre los siglos III y II a.C., es un instrumento que se empleaba para medir la posición y altura de los astros -datos con lo que se determinan la hora y la latitud- así como obtener distancias mediante triangulación. En su Tratado del Astrolabio, al-Mayriti indica las bases matemáticas y geométricas para construir dicho instrumento e incluye una tabla de estrellas fijas con sus coordenadas para facilitar su uso.
Maslama al-Mayriti y la astrología
En Al-Ándalus la astrología, que fusionaba la astronomía con la interpretación de los eventos terrenales, gozaba de gran relevancia. Almanzor recurrió a Maslama al-Mayriti como consejero astrológico, confiando en sus conocimientos para interpretar los cielos y guiar su gobierno. Entre sus predicciones destaca la de la fragmentación del Califato de Córdoba, basada en el estudio de una conjunción de Saturno y Júpiter en Virgo.
Maslama al-Mayriti en el callejero madrileño
El 29 de marzo de 1985, el Ayuntamiento de Madrid aprobó el cambio de nombre de la antigua Plaza de los Granados, en el distrito de Chamartín, a Plaza de Maslama. Posteriormente, el 9 de mayo de 2019, la plaza sufrió una nueva modificación en su nomenclatura, pasando a denominarse Plaza Maslama al-Mairity, nombre que conserva en la actualidad.
El planeta extrasolar Majriti
El exoplaneta Majriti, que orbita la estrella Titawin en la constelación de Andrómeda, recibió su nombre en homenaje a Maslama al-Mayriti. Esta denominación formó parte del proyecto NameExoWorlds, una iniciativa de la Unión Astronómica Internacional (IAU) lanzada en 2015, cuyo objetivo es involucrar al público global en el proceso de nombrar exoplanetas y sus estrellas anfitrionas. A través de este proyecto, personas de todo el mundo pudieron votar y proponer nombres, promoviendo así la participación y el interés en la astronomía.
Conclusión: el legado de Maslama al-Mayriti
Maslama al-Mayriti falleció en Córdoba entre 1007-1008, dejando tras de sí una influyente escuela de matemáticos y astrónomos, cuyos discípulos continuaron su legado y difundieron su obra.
A modo de epitafio recogemos las palabras que sobre él dijo el cadí toledano Wid al-Andalusi: «fue el primero de los matemáticos de su tiempo en al-Andalus y el más sabio en la ciencia de las esferas celestes y los movimientos de las estrellas sin que hubiera nadie antes que él» [1] .
Los trabajos de Maslama fueron el fruto de la rica tradición intelectual de Al-Ándalus, un centro de conocimiento que durante siglos actuó como puente entre la tradición greco-romana, el saber islámico y las influencias persa e india. Sus contribuciones a la astronomía y las matemáticas fueron cruciales para el avance de la ciencia medieval y trascendieron las fronteras de Al-Ándalus, llegando al Occidente europeo, donde sus obras fueron traducidas y utilizadas ampliamente en las universidades medievales.
Notas
[1] Sa’id al-Andalusi. (2000). Historia de la filosofía y de las ciencias o Libro de las categorías de las naciones [Kitāb ṭabaqāt al-umam] (E. Llavero Ruiz, Trad.). Ed. Trotta. (Original publicado en 2000). Citado en Doce siglos de materialidad del libro: estudios sobre manuscritos e impresos entre los siglos VIII y XIX (2017). Italia: Prensas de la Universidad de Zaragoza.
Bibliografía
Maslama al-Mayriti. Real Academia de la Historia.
Vernet, Juan. Al-Majrītī Abu ’L-Qāsim Maslama Ibn Aḥmad Al-Faraḍī. Complete Dictionary of Scientific Biography. encyclopedia.com.
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¿Alguna vez habéis imaginado a una moza de cámara casándose con el madrileño más destacado de su tiempo y convirtiéndose en una rica aristócrata de la corte de los Reyes Católicos? Pues, sorprendentemente, esa historia es real. Si queréis descubrir quién fue esta fascinante mujer y adentraros en su historia, no podéis perderos este número de La Gatera. Además, entre sus páginas encontraréis otros artículos igualmente interesantes, como, por ejemplo, los relojes de sol de la ermita de Carabanchel y la historia de una de las calles más emblemáticas de Madrid: Bravo Murillo. Y por si fuera poco, estrenamos nueva sección: el Gato escribano.
¿Alguna vez habéis imaginado a una moza de cámara casándose con el madrileño más destacado de su tiempo y convirtiéndose en una rica aristócrata de la corte de los Reyes Católicos? Pues, sorprendentemente, esa historia es real. Si queréis descubrir quién fue esta fascinante mujer y adentraros en su historia, no podéis perderos este número de La Gatera. Además, entre sus páginas encontraréis otros artículos igualmente interesantes, como, por ejemplo, los relojes de sol de la ermita de Carabanchel y la historia de una de las calles más emblemáticas de Madrid: Bravo Murillo. Y por si fuera poco, estrenamos nueva sección: el Gato escribano.
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Contenido
EDITORIAL: Eso no se hace, ¡caca!
JOSÉ MANUEL CASTELLANOS OÑATE: Antiguía legendaria de Madrid (IV): Beatriz Galindo, mito y carácter de una “moza de cámara”.
ESPERANZA REDONDO MORALES / FELO DE ANDRÉS GALVÁN: Guardianes del tiempo: Relojes de sol en la ermita de Carabanchel.
LA GATERA DE LA VILLA: Nos entrevistan en Déjate de Historias TV.
JOSÉ MANUEL LÓPEZ MARAÑÓN: “Madrid, el viaje soñado”, de Paula Lapido.
ANA GARCÍA ARANDA: Entrevista a Sandra Aza.
JUAN PEDRO ESTEVE GARCÍA: Una calle de cambios, la de Bravo Murillo.
JUAN PEDRO ESTEVE GARCÍA: Radio Oeste, voz de Pozuelo de Alarcón en los años 80 del siglo XX.
MARIO SÁNCHEZ CACHERO: El Madrid de anteayer… Un aparcamiento en la Plaza Mayor.
GATÓN DE ORO: Pasatiempos gatunos.
JOSÉ MANUEL CASTELLANOS OÑATE: El Gato escribano: Carta de soldada (1535).
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Desde el 29 de octubre de 1434 hasta el 7 de enero de 1435, un periodo de lluvias intensas y constantes, acompañadas de tormentas de nieve, azotó Madrid. Los caminos se volvieron intransitables, lo que dificultó el transporte de alimentos y otros recursos esenciales, y los molinos quedaron fuera de servicio, lo que impidió la producción de harina y pan, esenciales para la alimentación diaria. Este fenómeno afectó de manera generalizada a toda Castilla, y en algunas áreas las malas condiciones se extendieron hasta el 25 de marzo de 1435. Continue reading «Cuando en Madrid llovió por más de dos meses seguidos»
Desde el 29 de octubre de 1434 hasta el 7 de enero de 1435, un periodo de lluvias intensas y constantes, acompañadas de tormentas de nieve, azotó Madrid. Los caminos se volvieron intransitables, lo que dificultó el transporte de alimentos y otros recursos esenciales, y los molinos quedaron fuera de servicio, lo que impidió la producción de harina y pan, esenciales para la alimentación diaria. Este fenómeno afectó de manera generalizada a toda Castilla, y en algunas áreas las malas condiciones se extendieron hasta el 25 de marzo de 1435.
La escasez alimentaria alcanzó niveles extremos. Durante más de 40 días, la población se vio forzada a subsistir casi exclusivamente con trigo cocido, ya que no se disponía de otros alimentos frescos ni básicos. Este fenómeno de carestía desbordó la capacidad de la población para hacer frente a la situación, causando una grave escasez de alimentos y un incremento desmesurado de los precios. La falta de alimentos generó una crisis de hambre, malnutrición y enfermedades asociadas, lo que resultó en un notable aumento de la mortalidad. La tensión social también creció a medida que los recursos escaseaban y la población sufría bajo condiciones extremas.
La destrucción de infraestructuras clave, que no podían ser reparadas debido a las malas condiciones climáticas, dificultó la comunicación entre las localidades, agravando aún más la situación de aislamiento que padecieron muchas zonas de Castilla.
Detalle de los Anales de Pinelo donde se menciona este episodio.
Además, estas condiciones meteorológicas extremas provocaron la pérdida masiva de ganado, un recurso esencial en la economía rural medieval, tanto para la producción alimentaria como para el transporte. Esta pérdida agravó aún más la escasez de alimentos y recursos, intensificando la crisis ya existente.
Este desastre pone de manifiesto la fragilidad del sistema feudal y de subsistencia de la época, profundamente dependiente de la agricultura, el comercio local y el ganado. Las catástrofes naturales, como las lluvias intensas o las olas de frío, podían interrumpir por completo la cadena de producción y distribución de alimentos, sumiendo a las poblaciones en situaciones de extrema penuria. En este contexto, la capacidad de recuperación de las comunidades era limitada, lo que prolongó la miseria durante mucho tiempo y dejó una huella profunda en la memoria colectiva de las generaciones futuras.
Bibliografía
Pinelo, León. «Anales de Madrid hasta el año de 1658.» [Manuscrito]. Biblioteca Nacional de España.
Imágenes
La imagen de portada se ha extraído de «Madrid, territorio medieval», editado por la Comunidad de Madrid en 2001.
La imágenes de las páginas se han extraído de «Anales de Madrid hasta el año de 1658.» [Manuscrito].
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El Motín de Aranjuez, ocurrido entre el 17 y el 19 de marzo de 1808, es uno de esos episodios en la historia de España que marcan un antes y un después. Este levantamiento, que tuvo lugar en un contexto de crisis política y social durante el reinado de Carlos IV, no solo supuso un traspaso de la corona entre padre e hijo, sino que también marcó el inicio de una serie de acontecimientos que culminarían en la Guerra de Independencia Española.
El Motín de Aranjuez, ocurrido entre el 17 y el 19 de marzo de 1808, es uno de esos episodios en la historia de España que marcan un antes y un después. Este levantamiento, que tuvo lugar en un contexto de crisis política y social durante el reinado de Carlos IV, no solo supuso un traspaso de la corona entre padre e hijo, sino que también marcó el inicio de una serie de acontecimientos que culminarían en la Guerra de Independencia Española.
Contexto: un país en crisis
Para entender el Motín, es necesario conocer el ambiente de tensión que se vivía en España durante esos años. El país estaba sumido en una profunda crisis, tanto interna como externa. En el centro de todo estaba Manuel Godoy, favorito de Carlos IV, una figura extremadamente controvertida que había acumulado un poder casi absoluto, pero que no gozaba de la simpatía de casi nadie: ni de la nobleza, ni del pueblo. Su cercanía con Napoleón Bonaparte, especialmente tras la firma del Tratado de Fontainebleauen 1807, fue vista como una traición a los intereses nacionales. Este acuerdo permitía el paso de las tropas francesas por territorio español para invadir Portugal, lo que muchos interpretaron como una humillación para el país y una cesión de soberanía a Francia.
Además, el país sufría una grave crisis económica, agravada por las derrotas militares contra Gran Bretaña y por la ineficaz gestión de Carlos IV, quien parecía cada vez más desconectado de las necesidades del pueblo. A esto se sumaban los rumores de que el rey pensaba abdicar en favor de su hijo Fernando VII, un príncipe mucho más popular y apoyado por sectores conservadores y patrióticos. Esta creciente división en la corte, junto con el descontento generalizado por la gestión de Godoy, creó un caldo de cultivo ideal para el estallido del motín.
Los protagonistas
Manuel de Godoy, Príncipe de la Paz. Francisco Bayeu (1790). Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid)
Varios actores clave desempeñaron un papel fundamental en el desarrollo del Motín de Aranjuez:
Carlos IV: un monarca débil y desconectado de la realidad del país, que mostró una incapacidad para gestionar los conflictos que amenazaban su reinado. Su creciente dependencia de Manuel Godoy, quien se erigió como una figura clave en el gobierno, minó su autoridad y propició la el ascenso de Fernando VII como una alternativa política.
Fernando VII: el Príncipe de Asturias, en quien muchos veían una alternativa más capaz y patriota frente a la influencia francesa de Godoy. A su alrededor se agrupaban los llamados fernandinos, que desempeñaron un papel esencial en el levantamiento, al movilizar tanto a la corte como al pueblo en su lucha contra el odiado ministro.
Manuel Godoy: Una figura central en la política española del momento. Conocido por su título de Príncipe de la Paz, consiguió una gran concentración de poder gracias a su estrecha relación con la familia real y sus políticas alineadas con Francia. Sin embargo, su alianza con Napoleón, que inicialmente se vio como un punto a favor para España, pronto se convirtió en un grave lastre. La creciente percepción de traición hacia los intereses nacionales y los rumores de corrupción erosionaron su popularidad y apoyo entre la gente, que le ridiculizaban con el apodo de «el choricero», en referencia a su origen extremeño.
Eugenio de Palafox: Conde de Tepa, quien además de ser un firme opositor a Godoy, tenía una razón personal para unirse al levantamiento. La condesa de Montijo, su madre, había sido desterrada por orden del Príncipe de la Paz, lo que despertó en él una profunda indignación y le impulsó a involucrarse de lleno en la organización del motín. Su papel fue clave en la lucha por la caída de Godoy.
El pueblo de Aranjuez: El pueblo veía en Godoy al principal responsable de la decadencia española, pues lo consideraban la figura que había permitido el deterioro de la monarquía y del país en general. La acumulación de poder y las decisiones erróneas de Godoy, sumadas a su cercanía con la familia real, alimentaron el sentimiento de traición y desconfianza entre la población. Muchos lo acusaban de ser el artífice de la corrupción que minaba las instituciones del Estado, de favorecer intereses personales y extranjeros en detrimento del bienestar del pueblo y del reino. Esta percepción de Godoy como el causante de la crisis social, económica y política fue un factor clave que movilizó a la multitud durante el motín.
17 de marzo de 1808: la revuelta comienza
En la jornada del 17 de marzo, se desató un ambiente de incertidumbre y agitación en Aranjuez debido a la propagación de rumores que agentes secretos fernandinos se encargaron de difundir por calles y tabernas. La noticia era que Carlos IV tenía prevista su salida del Real Sitio esa misma noche camino a Sevilla, con la intención de abandonar la península rumbo a las territorios de ultramar de la corona española. Además, estos agentes distribuyeron dinero para pagar a agitadores que amplificaran aún más el caos y la inquietud entre la población. El rumor cobró rápidamente fuerza entre la población, sembrando dudas sobre el futuro inmediato de la monarquía y generando una atmósfera de desconfianza que fue crucial para la movilización del pueblo.
La noche del 18 de Marzo: el momento culminante del Motín
A medianoche, una señal luminosa desde una ventana del Palacio Real, seguida de un disparo, marcó el inicio del levantamiento. Una multitud furiosa, unida por el rechazo a Godoy y el temor a que el rey abandonara el país, se reunió a las puertas del Palacio, gritando consignas como «¡Muerte a Godoy!» y «¡Abajo el choricero!». Rápidamente rodearon el palacio, bloqueando todas las salidas para evitar que alguien pudiera escapar.
«Caida y prision del Principe de la Paz. Zacarias Velazquez lo dibujó ; Francisco de Paula Marti lo grabó». Fuente: Biblioteca Digital Hispánica
Un grupo de insurgentes liderados por “El Tío Pedro” (en realidad, el Conde de Tepa disfrazado de paisano) marchó hasta la residencia de Godoy, irrumpiendo en ella en su busca mientras saqueaba su contenido. Godoy, que se encontraba en la vivienda, intentó huir, primero a una habitación interior y luego a una buhardilla, donde finalmente se escondió. Sin embargo, la multitud no cesó en su empeño de capturarle y su búsqueda continuó por toda la residencia durante horas. Finalmente, el 19 de marzo, agotado por la sed, Godoy se acabó entregando a sus perseguidores.
Consecuencias: un cambio de monarca y la guerra en el horizonte
«Carlos 4º abdica la corona en su hijo Fernando. D. Zacarias Velazquez lo dibujó ; D. Manuel Alegre lo grabó». Fuente: Biblioteca Digital Hispánica
El Motín de Aranjuez tuvo profundas consecuencias para la historia de España. Carlos IV se vio forzado a destituir a Godoy y abdicar en favor de su hijo, Fernando VII, quien ascendió al trono en un contexto de desconfianza y tensiones políticas. Sin embargo, la abdicación de Carlos IV no resolvió los problemas estructurales que aquejaban al país. La situación política continuó siendo inestable, y la amenaza de la invasión napoleónica se volvía cada vez más inminente. De hecho, el Motín de Aranjuez aceleró los planes de Napoleón Bonaparte respecto a España, quien no dudó en aprovechar la oportunidad para avanzar en sus ambiciones de apoderarse del país. Así, lejos de ser la solución a los problemas de la monarquía española, el motín actuó como un catalizador para la intervención extranjera, acelerando la invasión francesa y la posterior Guerra de Independencia. En última instancia, este levantamiento marcó el comienzo de un período de gran turbulencia para España, cuyas repercusiones se extendieron durante los años siguientes, cuando la nación luchó por recuperar su independencia y reorganizar su estructura política en medio de las presiones internas y externas.
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