El misterio de la sangre de San Pantaleón: entre la fe y la ciencia

Cada 27 de julio, en un rincón silencioso del centro de Madrid, tiene lugar un fenómeno que ha desconcertado a fieles y curiosos durante siglos: una pequeña ampolla que contiene lo que se considera la sangre de San Pantaleón parece pasar, de forma inexplicable, de un estado sólido (coagulado) a líquido. Este fenómeno ocurre en el Monasterio de la Encarnación y, desde hace generaciones, muchos lo han interpretado como un milagro. Al mismo tiempo, ha despertado el interés de científicos y estudiosos del patrimonio.

¿Quién fue San Pantaleón?

San Pantaleón fue, según la tradición cristiana, un médico y mártir del siglo IV, natural de Nicomedia (actual İzmit, en Turquía). Educado en la medicina por su padre pagano y luego instruido en la fe cristiana por un sacerdote llamado Hermolao, Pantaleón llegó a ser médico de la corte imperial. Se le atribuyen curaciones milagrosas realizadas en nombre de Cristo, lo que provocó la envidia de otros médicos y su posterior persecución. Durante las intensas campañas anticristianas del emperador Diocleciano, fue arrestado, torturado y finalmente ejecutado por no renunciar a su fe.

Imagen digital de los Catorce Santos Auxiliadores, generada por IA
Imagen digital de los Catorce Santos Auxiliadores, generada por IA

La Iglesia lo venera como uno de los Catorce Santos Auxiliadores, especialmente invocado por los enfermos y profesionales de la medicina. Con el paso de los siglos, su figura se enriqueció con relatos piadosos y gestos prodigiosos, convirtiéndose en uno de los mártires más populares de Oriente y Occidente. Numerosas reliquias atribuidas a él —principalmente fragmentos óseos y ampollas con su supuesta sangre— se difundieron por Europa. Una de estas ampollas se conserva en el Real Monasterio de la Encarnación de Madrid, donde cada año es objeto de especial veneración.

La reliquia madrileña

La presencia de esta reliquia en la capital está ligada a los orígenes del Real Monasterio de la Encarnación. Entre 1611 y 1616, durante los primeros años del convento, profesó allí como novicia doña Aldonza de Zúñiga, hija del virrey de Nápoles, don Juan de Zúñiga, y de la condesa de Miranda. Como parte de su dote religiosa, aportó una ampolla que, según la tradición, contenía sangre del mártir San Pantaleón.

Fachada del Real Monasterio de la Encarnación en Madrid. Fuente: Patrimonio Nacional
Fachada del Real Monasterio de la Encarnación en Madrid.
Fuente: Patrimonio Nacional

La versión más extendida sostiene que la reliquia procedía de la catedral de Ravello, en la costa amalfitana, y que fue entregada al virrey por mediación del papa Pablo V. No obstante, no se conservan documentos que acrediten oficialmente esta donación. La ampolla fue depositada en el convento madrileño, donde permanece custodiada desde entonces.

Algunas fuentes conventuales posteriores mencionan a doña Aldonza como priora, y se cree que durante su etapa comenzaron a observarse fenómenos inusuales asociados a la sangre. Sin embargo, no se conservan descripciones detalladas de aquellas primeras manifestaciones, lo que deja un margen de incertidumbre histórica.

Confirmación histórica del fenómeno

El fenómeno de la licuefacción de la sangre de San Pantaleón no es algo reciente ni fruto de la imaginación. Existen testimonios documentados desde hace más de tres siglos. Entre 1724 y 1730, un grupo de trece doctores en Medicina y Teología observó el contenido de la ampolla durante varios años y firmó ante notario que la sustancia se volvía líquida cada 27 de julio, sin intervención humana. Estos documentos muestran que el fenómeno se tomó en serio y fue examinado con rigor, incluso desde una perspectiva científica para la época.

Los testigos describieron cómo el contenido pasaba de un estado seco o sólido a líquido, cambiando de color y volviéndose más transparente. También anotaron que este cambio ocurría de forma repetida, siempre en la festividad del santo. Las observaciones fueron recogidas en actas que todavía se conservan en archivos del entorno del monasterio, aunque no son ampliamente conocidas por el público.

Ampolla con la sangre de San Pantaleón en el Real Monasterio de la Encarnación. Fuente: Archivo Diocesano de Madrid
Ampolla con la sangre de San Pantaleón en el Real Monasterio de la Encarnación.
Fuente: Archivo Diocesano de Madrid

Además, algunas crónicas religiosas y anotaciones litúrgicas hacen referencia al fenómeno, mencionando que la ampolla se expone públicamente y que, en muchas ocasiones, el cambio de estado puede verse a simple vista. Aunque no hay registros escritos de todos los años desde entonces, la continuidad de esta tradición refuerza la idea de que el fenómeno ha persistido con el tiempo.

El hecho de que la reliquia esté custodiada en un monasterio de clausura —y no en un gran santuario turístico— ha ayudado a mantener una actitud de recogimiento y respeto. La ceremonia anual se celebra con sobriedad, sin espectáculo, y sigue atrayendo a personas que buscan comprender este misterio desde la fe, la historia o la ciencia.

El fenómeno de la licuefacción: entre la fe y la ciencia

Talla de San Pantaleón junto a su reliquia en el Real Monasterio de la Encarnación. Fuente: Archivo Diocesano de Madrid
Talla de San Pantaleón junto a su reliquia en el Real Monasterio de la Encarnación.
Fuente: Archivo Diocesano de Madrid

Cada año, el 27 de julio —festividad de San Pantaleón—, la ampolla que contiene su supuesta sangre se expone al público en el Real Monasterio de la Encarnación. Según numerosos testimonios, la sustancia en su interior, habitualmente coagulada, parece licuarse de forma espontánea, sin una causa visible. Días después, vuelve a su estado sólido habitual. En ciertas ocasiones, por motivos de conservación o decisión eclesiástica, este cambio no se muestra en directo.

Se ha observado que incluso días antes del 27 de julio el contenido comienza a tornarse más rojizo y transparente, y que su volumen puede variar ligeramente, como si “respirara”. Esta transformación culmina con la licuefacción, que en muchas ocasiones coincide con el día de la festividad. Aunque el fenómeno no se produce de manera absolutamente predecible, sí lo ha hecho con frecuencia durante siglos, manteniendo viva la atención de creyentes, curiosos y estudiosos.

Este tipo de manifestaciones no es exclusivo de Madrid. Ampollas similares atribuidas a San Pantaleón se encuentran también en Ravello (Italia) y en otras localidades de Europa. Un fenómeno análogo ocurre en Nápoles con la sangre de San Genaro, que ha sido observada durante siglos y forma parte del patrimonio devocional de la ciudad. Estos casos pertenecen a una tradición cristiana en la que la Iglesia ha ejercido discernimiento prudente frente a fenómenos extraordinarios, evitando pronunciamientos apresurados y promoviendo el respeto tanto por la fe como por la investigación científica.

Desde el punto de vista cristiano, un milagro es una intervención divina que trasciende las leyes naturales. No obstante, la Iglesia aborda estos hechos con rigor y serenidad, reconociendo su posible valor espiritual sin cerrarse al diálogo con la ciencia. En este caso concreto, no se ha emitido un juicio oficial sobre la naturaleza del fenómeno.

Representación simbólica del misterio y la devoción en torno a la reliquia de San Pantaleón en Madrid. Imagen generada por inteligencia artificial
Representación simbólica del misterio y la devoción en torno a la reliquia de San Pantaleón en Madrid.
Imagen generada por inteligencia artificial

En el ámbito científico, algunas hipótesis apuntan a que la sustancia dentro de la ampolla podría tener propiedades tixotrópicas, es decir, que su viscosidad cambia cuando se agita o se somete a variaciones leves de temperatura. Sustancias como ciertos geles o fluidos no newtonianos presentan comportamientos similares. Sin embargo, al tratarse de una reliquia sagrada, no se han realizado análisis directos por respeto a su integridad, por lo que las explicaciones científicas se limitan a observación externa o recreaciones en laboratorio.

Sea cual sea la causa, la licuefacción de la sangre de San Pantaleón continúa desafiando las certezas modernas, y abre un espacio de diálogo entre lo visible y lo invisible, entre lo mensurable y lo misterioso.

Un signo espiritual y un patrimonio vivo

Hoy en día, la iglesia del Real Monasterio de la Encarnación expone la reliquia de San Pantaleón en los días próximos al 27 de julio para su veneración pública. Durante estas jornadas, se celebran misas y momentos de oración en honor al santo, y se invita a los fieles a contemplar no solo el fenómeno físico de la licuefacción, sino también el testimonio de fe de un mártir que, según la tradición, entregó su vida por Cristo.

Relicario de San Pantaleón en el Real Monasterio de la Encarnación. Fuente: Patrimonio Nacional
Relicario de San Pantaleón en el Real Monasterio de la Encarnación.
Fuente: Patrimonio Nacional

La licuefacción, más allá de cualquier explicación natural o sobrenatural, se convierte en una ocasión para renovar la esperanza, pedir la intercesión del santo —especialmente por los enfermos y los que sufren— y reconocer la presencia de Dios en lo sencillo y lo extraordinario.

Este gesto, humilde pero cargado de significado, forma parte del patrimonio espiritual y cultural de Madrid. Cada año convoca a devotos, visitantes y curiosos, enlazando la ciudad con una tradición milenaria en la que convergen historia, fe y misterio. La continuidad de esta práctica —celebrada con recogimiento y sin ostentación— contribuye a mantener viva una memoria compartida que trasciende generaciones.

Cuando se produce la licuefacción, muchos creyentes lo reciben como un signo de bendición, una señal de la cercanía de Dios y del poder intercesor del santo. En cambio, cuando no ocurre, algunos lo interpretan como presagio de tiempos difíciles. Según la tradición oral —aunque sin pruebas documentales que lo confirmen—, en años especialmente convulsos, como 1936 al inicio de la Guerra Civil, el fenómeno no se habría producido.

La sangre de San Pantaleón es uno de esos enigmas que atraviesan los siglos sin agotarse. ¿Milagro, ilusión o fenómeno físico aún no comprendido? Sea cual sea la respuesta, su relevancia dentro de la historia y la identidad espiritual de Madrid es incuestionable. Porque el patrimonio no se limita a la piedra, los retablos o los archivos: también lo constituyen las tradiciones vivas, la memoria devota y la emoción compartida, como la reliquia que, cada mes de julio, sigue congregando en silencio a quienes se acercan con fe, curiosidad o deseo de comprender.

Bibliografía y fuentes consultadas

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La Gatera de la Villa nº 56

Este número 56 de La Gatera de la Villa viene cargado de historias de piedra, papel y memoria. De piedras sagradas, como las que guarda la iglesia de San Pedro Ad Víncula, en Vallecas, cuya puerta —y su profundo simbolismo arquitectónico— nos descubre Julio Real con su habitual rigor y sensibilidad. De papel, como el de los cromos, pipas y caramelos que despachaba, con sonrisa eterna, Pirulo, figura inolvidable del Retiro, que vuelve a vivir entre nuestras páginas gracias a la pluma de José Ignacio Salvador Morán. Y de memoria, como la que habita en la figura del obispo Antonio de Luján —¿o se trata de Alonso de Castilla?—, un bulto orante que ha recorrido siglos y capillas, rescatado en esta ocasión por José Manuel Castellanos Oñate.

También hay espacio para lectores ilustres ¡y gateros!, romances en verso, fuentes desaparecidas, libros recientes, carreteras secundarias que merecen titular, y hasta un dron curioso que nos lleva de excursión por Buitrago.

Todo ésto y más en este número  que puedes descargar  pinchando aquí. También es posible descargarlo en baja resolución [5 Mb] pinchando en este otro enlace.

Contenido

    • EDITORIAL: Sucedió a mediodía
    • JULIO REAL GONZÁLEZ: Glosario arquitectónico (28): Puerta. La iglesia parroquial de San Pedro Ad Víncula (Vallecas)
    • JOSÉ MANUEL CASTELLANOS OÑATE: Itinerario de un bulto orante: Antonio de Luján, obispo de Mondoñedo
    • ENRIQUE GONZÁLEZ ARGUINSONIS: Cristo crucificado muerto (Diego Rodríguez de Silva y Velázquez)
    • PABLO JESÚS AGUILERA CONCEPCIÓN: Lectores ilustres de La Gatera (No están todos los que son, pero son todos los que están)
    • JUAN PEDRO ESTEVE GARCÍA: 100 personajes para entender Madrid
    • MIGUEL GONZÁLEZ: Romance madrileño (20)
    • JOSÉ IGNACIO SALVADOR MORÁN: Los secretos del Retiro (III): Un puestecito de cromos, pipas y caramelos en el madrileño Parque del Retiro
    • JOSÉ MANUEL LÓPEZ MARAÑÓN: Madrid, de Carlos Aganzo y Ximena Maier
    • JUAN PEDRO ESTEVE GARCÍA: La carretera de Ajalvir a Vicálvaro
    • MARIO SÁNCHEZ CACHERO: El Madrid de anteayer… Las fuentes de la Puerta del Sol
    • JOSÉ MANUEL CASTELLANOS OÑATE: El Gato escribano: Carta de aprendiz
    • CRISTÓBAL COLETO GARCÍA: Fotogato: Buitrago del Lozoya a vista de dron
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La Caramba, la musa irreverente que hizo vibrar el Madrid del XVIII

Fue la mujer más admirada —y también más criticada— de los teatros madrileños del siglo XVIII. Cantante y bailarina, musa de sainetes y tonadillas, La Caramba fue mucho más que una artista: fue un fenómeno social que cruzó la escena para instalarse en la vida y la moda de la Villa y Corte.

La tonadilla: el espejo burlón de la sociedad del Madrid de la Ilustración

En el bullicioso Madrid del siglo XVIII, la tonadilla era mucho más que un simple interludio musical: era el espejo burlesco en el que la ciudad se miraba. Breves pero afiladas, estas piezas se colaban entre los actos teatrales para retratar, con humor punzante e ironía popular, las manías, habladurías y contradicciones de la vida cotidiana. Personajes reconocibles, tipos exagerados, melodías pegajosas y letras que olían a calle y a chisme reciente hacían que el público se riera… de los demás y de sí mismo.

Con el tiempo, la tonadilla escénica llegó a constituir un género en sí mismo, pasando de ser un intermedio musical a representarse como pieza independiente, con funciones propias en los teatros madrileños. Fue en este contexto que La Caramba, con su talento y personalidad, brilló como nadie.

Muestra del tipo de cartel que se fijaba en los lugares públicos y en los teatros de Madrid para anunciar el programa de cada nueva representación. El teatro disponía de impresos en los que se dejaba en blanco el nombre de la obra y la fecha y hora de la función para poder rellenarlos a mano. Fuente: Memoria de Madrid
Muestra del tipo de cartel que se fijaba en los lugares públicos y en los teatros de Madrid para anunciar el programa de cada nueva representación. El teatro disponía de impresos en los que se dejaba en blanco el nombre de la obra y la fecha y hora de la función para poder rellenarlos a mano.
Fuente: Memoria de Madrid

De Motril al Madrid de Carlos III

En 1776 llegaba a Madrid una joven de origen granadino, nacida en Motril el 9 de marzo de 1750. Se llamaba María Antonia Vallejo Fernández, aunque muy pronto toda la ciudad la conocería simplemente como La Caramba. Contratada como “Sobresaliente de música con obligación de alternar en las tonadillas con las demás partes  y también cantar en el sainete dos días a la semana” su debut tuvo lugar en el Teatro de la Cruz, dentro de la compañía de Manuel Martínez, uno de los empresarios más influyentes del momento, donde su talento vocal, su belleza y su fuerza escénica no tardaron en destacar.

¡Caramba!

Una de las claves del fulgurante ascenso de La Caramba fue su modo de bailar el fandango: con una mezcla de descaro y elegancia, de picardía y fuego que escandalizaba a los moralistas ilustrados. Ella misma decía que carambeaba el fandango, en referencia a su estilo único. Esa expresión, “¡caramba!”, exclamación entonces cargada de energía e insinuación, le dio su apodo artístico. Se dice que surgió a raíz de una tonadilla en la que ante el cortejo de un señorito ella respondía con gracia e intención: «Usted quiere…, ¡Caramba! ¡Caramba!»:

Un señorito muy petimetre

Se entró en mi casa cierta mañana

Y así me dijo al primer envite:

“Oiga usted: ¿quiere ser mi pareja?”

 Yo le respondí con mi sonete,

Con ni canto, ni baile y soflama:

¡Que chusco es usted, señorito!

Usted quiere… ¡Caramba! ¡Caramba!

¡Que si quieres, quieres, ea!

Vaya, vaya, vaya!

Retrato de la actriz María Antonia Fernández, La Caramba. Fuente: Memoria de Madrid
Retrato de la actriz María Antonia Fernández, La Caramba.
Fuente: Memoria de Madrid

Una influencer de su época

Fuera de los escenarios, María Antonia también se convirtió en un referente de estilo. Sus atuendos, siempre llamativos, y la soltura con que los llevaba, captaban tantas miradas como sus actuaciones. Uno de sus peinados más célebres —una gran moña de vivos colores colocada sobre la cofia— causó auténtico furor entre las madrileñas, que pronto empezaron a imitarlo. El adorno, bautizado con el nombre inevitable de «caramba», acabó por convertirse en símbolo de coquetería popular. Incluso Goya lo inmortalizó en el Capricho nº 55, Hasta la muerte, donde una dama de alta alcurnia aparece disfrazada de maja, luciendo un tocado inspirado en el que La Caramba había conquistado al público.

Capricho nº 55 "Hasta la muerte", de Goya
Capricho nº 55 «Hasta la muerte», de Goya.
Fuente: Taller del Prado

Sin embargo, el éxito y la popularidad de La Caramba no estuvieron exentos de polémica. Su estilo atrevido, su descaro en el escenario y su influencia sobre la moda irritaban a los sectores más conservadores, que la veían como una figura provocadora capaz de desafiar el decoro femenino y las convenciones sociales establecidas. De hecho, la duquesa de Alba y la condesa de Benavente la denunciaron por una tonadilla en la que se dieron por aludidas. Durante la obra, La Caramba aparecía acompañada de un vistoso volante decorado con plumas y talcos. La letra de la tonadilla insinuaba que ciertas damas de la alta sociedad madrileña buscaban con frecuencia la compañía de apuestos jóvenes, a quienes agasajaban generosamente. El contenido fue interpretado por algunos como una crítica directa a los devaneos de la aristocracia. La Condesa de Benavente, que se sintió aludida por la escena, reaccionó con gran enfado. Según fuentes de la época, llegó a enviar un recado al Corregidor exigiendo que la tonadilla no volviera a representarse. Aunque no dirigió sus reproches directamente contra el autor de la música y la letra, trasladó su malestar al Duque de Arcos, quien también respondió con dureza. Enfurecido, el duque mandó a un lacayo a buscar al empresario teatral Manuel Martínez, advirtiéndole —por medio del propio criado— que de haber tenido conocimiento previo de aquella canción, no habría dudado en impedir su representación “a palos, si fuera necesario”. Como consecuencia el autor de la obra, el compositor Pablo Esteve, pasó una temporada en prisión, mientras que La Caramba no sufrió castigo alguno, ya que alegó que se había limitado a interpretar y cantar la obra que se le había indicado.

No sólo la nobleza, intelectuales ilustrados mostraban una actitud crítica hacia su figura. Así, personajes de la talla de Jovellanos también dirigieron hacia ella mordaces críticas. El escritor y político gijonés escribía en su Sátira primera a Arnesto:

¿Y qué querrá decir que en algún verso,
encrespada la bilis, tire un rasgo
que el vulgo crea que señala a Alcinda,
la que olvidando su orgullosa suerte,
baja vestida al Prado, cual pudiera
una maja, con trueno y rascamoño
alta la ropa, erguida la caramba,
cubierta de un cendal más transparente
que su intención, a ojeadas y meneos
la turba de los tontos concitando?
¿Podrá sentir que un dedo malicioso,
apuntando este verso, la señale?
Ya la notoriedad es el más noble
atributo del vicio, y nuestras Julias,
más que ser malas, quieren parecerlo.

Con estos versos, Jovellanos acusaba a Alcinda —y por extensión a personajes como La Caramba— de ser una buscona que no solo transgredía las normas sociales, sino que además buscaba escandalizar con su actitud y vestimenta provocativa.

Del matrimonio frustrado al regreso triunfal

En 1781, María Antonia dio un giro inesperado a su vida que desconcertó a propios y extraños: el 11 de marzo contrajo matrimonio con Agustín Sauminque Bedó, un joven madrileño de buena familia, que aspiraba a alejarla del mundo del teatro. La unión no fue bien recibida ni por los numerosos admiradores de La Caramba ni por la familia del novio, pues en aquel tiempo las actrices no eran consideradas mujeres «respetables». Para poder casarse, María Antonia recurrió a una artimaña legal: mandó fabricar una cédula de defunción falsa para sus padres, aún vivos, modificando además sus nombres. Asumió su propia dote, teniendo lugar la ceremonia en la Iglesia de San Sebastián, en la calle Atocha, templo habitual de actores y artistas.

Pero aquel matrimonio apenas duró unas semanas. Por razones que nunca llegaron a saberse del todo, su retiro fue tan fugaz como sonado había sido. El 15 de abril La Caramba reaparecía en el Teatro del Príncipe ante un público entusiasta que la recibió con vítores. Su regreso fue tan celebrado que dio pie a nuevas tonadillas, muchas de ellas en tono burlesco, que convertían su efímero abandono del escenario en una comedia más para el repertorio madrileño.

De musa teatral a beata

En 1785, durante uno de sus habituales paseos por el Prado, una tormenta repentina sorprendió a María Antonia. Buscando refugio, cruzó el umbral del convento de San Antonio de Padua. Aquella acción, aparentemente simple, marcaría un punto de inflexión en su vida. En el interior del templo, un fraile capuchino pronunciaba un sermón sobre el arrepentimiento y la redención. Mientras las palabras del predicador resonaban en sus oídos, sus ojos se posaron en un cuadro de Luca Giordano que representaba a María Magdalena en actitud penitente.

Entonces, algo en su interior se quebró. La fuerza de aquellas palabras, unida a la imagen de la santa arrepentida, la conmovieron hasta lo más hondo. Algo se despertó en su interior, una llamada que ya no podría acallar.

La Magdalena penitente, de Luca Giordano ©Museo Nacional del Prado
La Magdalena penitente, de Luca Giordano ©Museo Nacional del Prado

Aquella misma noche, al regresar a casa, anunció a su madre su firme decisión de abandonar para siempre la vida artística: dejaba atrás los aplausos, las candilejas y la fama. Y cumplió su palabra. No volvió a pisar un teatro, ni a asistir a corridas de toros, ni a dejarse ver en los paseos del buen tono… Desde entonces, se recogió en su hogar, adoptando una existencia austera y devota, por lo que pronto comenzó a ser conocida como “la beata María Antonia”. Prematuramente envejecida, pobremente vestida y consumida, sin rastro de aquellas gracias que antaño exhibiera con desparpajo sobre el escenario, se la veía deambular de iglesia en iglesia como un alma en penitencia.

Retrato de la beata María Antonia, antaño la Caramba.
Retrato de la beata María Antonia, antaño conocida como la Caramba.

Un adiós prematuro

Con tan solo 36 años, el 10 de junio de 1787, María Antonia fallecía en su domicilio de la calle Amor de Dios, en el corazón de ese Madrid que tanto la amó y escandalizó. Fue enterrada en la capilla de la Novena de la iglesia de San Sebastián, conocida como la capilla de los cómicos.

Artista brillante, icono de moda, figura controvertida, siempre a contracorriente entre los aplausos del teatro y las críticas de los sectores más conservadores, La Caramba encarnó como pocas el alma festiva, rebelde y luminosa del Madrid ilustrado.

Tonadillas, zarzuelas y coplas: el legado sonoro de una artista

En este enlace el lector puede acceder a una recopilación de tonadillas escritas para Miguel Garrido y María Antonia Fernández La Caramba por los maestros Pablo Esteve (1730 – 1794), Blas de Laserna (1751 – 1816), Fernando Ferandiere (1740 – 1816), Antonio Rosales (1740 – 1801).

La figura de La Caramba no quedó relegada al olvido tras cesar los aplausos del siglo XVIII, sino que, cruzando los siglos, siguió inspirando a nuevas generaciones de artistas. El 10 de abril de 1942 el telón del Teatro de la Zarzuela se alzaba para estrenar  La Caramba, con música de Federico Moreno Torroba y libreto de Luis Fernández Ardavín, inspirado en su vida. Veinte años más tarde, su nombre volvía a sonar con fuerza en la voz profunda de Concha Piquer, que en 1963 grababa la copla La Caramba, de Rafael de León y Antonio Quiroga. Así, María Antonia volvía a los escenarios, esta vez convertida en mito, una figura que había trascendido su época.

Bibliografía

• González Ruiz, Nicolás. La Caramba: vida alegre y muerte ejemplar de una tonadillera del siglo XVIII. Madrid: Ediciones Morata, 1944.

Fuentes en línea

El antes y el después de la famosa tonadillera «La Caramba». El Almanaque. Sección: Pliegos de cordel, tradición oral, romancero. Disponible en: www.elalmanaque.com (consultado en junio de 2025).

María Antonia Vallejo Fernández, La Caramba. Publicado en Coral Armiz. Disponible en: https://www.coralarmiz.com/Motril/caramba.htm (consultado en junio de 2025).

Pablo Jesús Aguilera Concepción
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La Historia del Dos de Mayo de 1808 en Déjate TV con La Gatera de la Villa

Nueva participación de La Gatera de la Villa en Déjate TV, esta vez para hablar sobre el Dos de Mayo de 1808, una fecha emblemática no sólo en la historia de Madrid, sino también de España.

Desde nuestra redacción queremos expresar nuestro agradecimiento a Déjate de Historias TV, canal de la TDT madrileña, por brindarnos, una vez más, la oportunidad de participar en su programación. Este canal se ha destacado por ofrecer una programación propia y variada, que incluye salud, música, teatro, deporte, actualidad y temas de familia, pensada para una audiencia que valora una televisión cercana y amable.

En esta ocasión, fue nuestro compañero Pablo Aguilera quien intervino en un programa especial dedicado al Dos de Mayo, una fecha de profundo significado en la historia contemporánea de Madrid y de España. Pablo, es autor del libro El levantamiento del 2 de mayo de 1808,  y de varios artículos sobre esta temática disponibles en nuestra página web.

Queremos extender un agradecimiento especial a Julia Bustamante, responsable de la entrevista, por su profesionalidad, cercanía y el interés demostrado en cada detalle del encuentro. Gracias, Julia, por crear un espacio tan cómodo y respetuoso para conversar, y por brindarnos la oportunidad de llegar a tu audiencia para hablar, una vez más, de historia de Madrid.

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¿Conoces a ‘La Rubia’ del Palacio de Cibeles?

Suele pasar desapercibida para el viandante que transita por la plaza de Cibeles. Sin embargo, si uno levanta la vista hacia la fachada del antiguo Palacio de Correos y Telégrafos —hoy sede del Ayuntamiento de Madrid—, descubrirá una pequeña joya del modernismo madrileño: una escultura que corona la entrada principal del edificio y que encierra historia, simbolismo y una belleza silenciosa.

No es extraño que esta figura pase inadvertida: la monumentalidad del edificio, unida al protagonismo indiscutible de la Fuente de la diosa Cibeles, situada en el centro de la plaza, tiende a eclipsar los detalles más sutiles del entorno. El conjunto urbano absorbe la atención visual del visitante, relegando esta creación artística a un segundo plano a pesar de su delicadeza y valor estético.

Obra del escultor Ángel García Díaz, la pieza fue concebida como parte del programa decorativo del edificio proyectado por Antonio Palacios y Joaquín Otamendi. Representa a una delicada figura femenina, desnuda, modelada con formas elegantes y sensuales. Sus contornos se funden de manera orgánica con motivos vegetales estilizados, integrándose con sutileza en la ornamentación del inmueble. Esta fusión entre el cuerpo humano y la naturaleza no es casual: responde al ideal modernista de unir arte, arquitectura y vida a través de un lenguaje simbólico y naturalista.

La Rubia del Palacio de Cibeles. Fotografía por Mario Sánchez Cachero.
La Rubia del Palacio de Cibeles. Fotografía por Mario Sánchez Cachero.

 

Conocida popularmente como «La Rubia», debe su apodo al llamativo color del cabello de la joven que posó como modelo para García Díaz durante el proceso de modelado. Aunque se desconoce su identidad, esta anécdota ha perdurado en la memoria popular madrileña, otorgando a la obra un carácter cercano y casi legendario. Este detalle humaniza la figura y la conecta con el ámbito cotidiano, en contraste con su función monumental.

La obra no solo destaca por su expresividad formal y su ejecución técnica, sino también por su valor como parte integral del conjunto artístico del Palacio de Cibeles, un edificio que constituye una de las obras maestras de la arquitectura ecléctica y modernista madrileña del primer tercio del siglo XX.

El Palacio de Cibeles
El Palacio de Cibeles. Fuente: CentroCentro

 

Además del Palacio de Cibeles, García Díaz colaboró con Palacios en otras realizaciones emblemáticas, como la actual sede del Instituto Cervantes —cuyas cariátides monumentales que flanquean la entrada son también de su autoría— y el Círculo de Bellas Artes. Su producción escultórica se caracteriza por un fuerte componente alegórico, con figuras de factura refinada, expresividad controlada y un profundo sentido del equilibrio compositivo.

En una ciudad como Madrid, llena de detalles ocultos, esta figura del Palacio de Cibeles es un tesoro escondido a plena vista. La próxima vez que pases por la plaza, tómate un momento. Levanta la mirada. Y redescubre la ciudad con otros ojos.

La imagen de cabecera es obra de Pablo Jesús Aguilera Concepción.

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La Tía Javiera, las rosquillas que conquistaron Madrid

«Yo soy caballeros, la propia Javiera

que allá en Villarejo no tiene rival

haciendo rosquillas en una caldera

que luego producen un buen capital.

Con grandes montones de pan machacado,

canela y azúcar, aceite y limón,

ceniza y arena, serrín tamizado,

castañas pilongas, potasa y cartón,

fabrico rosquillas que al más relamido

le saben á gloria, que es mucho saber,

y al cabo de un rato de haberlas comido

le causan disturbios por dentro del sér.

Así que se acerca la fiesta bendita

del Santo Patrono que adora Madrid,

me pongo en un puesto cercano á la ermita,

y en él instalada me apresto á la lid.

¡Oh, si, caballeros! Me apresto á la lucha

con otras Javieras de muy mala fe

que no tién vergüenza ni poca ni mucha,

porque hacen la masa Dios sabe con qué.

No tengo yo primos, ni hermanas, ni tias,

por más que las gentes lo crean así.

Los únicos primos que tengo estos días

son todos los tontos que acuden á mí

y adquieren la masa que os he referido:

¿pero otros parientes? Jamás los gasté».

«La tía Javiera. Monólogo.» Extracto. Blanco y Negro, 12 de mayo de 1894.

Hablar de San Isidro es hablar del alma castiza de Madrid, de sus tradiciones más entrañables y de ese aire festivo que, cada 15 de mayo, transforma la ciudad en una gran verbena popular. Madrid se llena de color y alegría, sus calles se engalanan y se llenan de chulapos y chulapas, que al son del organillo bailan el chotis. Pero el verdadero centro de la celebración se encuentra en la pradera de San Isidro, que se llena de vida y bullicio. Los madrileños, luciendo mantones de manila, pañuelos y claveles, se agrupan en torno a la ermita para cumplir con la tradición de beber el agua del santo.

Y, por supuesto, no se puede hablar de San Isidro sin pensar en las rosquillas, ese dulce que se ha convertido en uno de los protagonistas de esta festividad. Las hay de varios tipos: tontas, listas, de Santa Clara, francesas… Pero las más famosas fueron las de la mítica Tía Javiera, quien, según cuentan, elaboraba las rosquillas más deliciosas de to’ Madrid. Su éxito fue tan grande que su nombre trascendió más allá de su figura. A medida que su fama crecía, comenzaron a aparecer supuestos “parientes” que, aprovechándose de su renombre, vendían sus propias rosquillas. Así, ya no se hablaba solo de la Tía Javiera, sino también de su “sobrina” o de otros familiares inventados que intentaban sacar partido de su «parentesco» para promocionar sus propios productos. La prensa madrileña no tardó en hacerse eco, con tono burlón, de la proliferación de estos “familiares” de la Tía Javiera. Un buen ejemplo de ello lo encontramos en este artículo publicado en El Cascabel el 14 de mayo de 1876:

«La Tía Javiera personifica las tradiciones de la romería de San Isidro. No he conocido en mi vida una familia más dilatada ni de mejor pasta. Es una familia inmortal, como San Isidro, que vivirá por los siglos de los siglos. Aunque la población decrezca, la familia de la Tía Javiera irá en aumento. Cada individuo de la misma, al venir al mundo, nace ya con su saco de rosquillas y su puesto ambulante. Y todos se obligan solemnemente a no faltar ningún año a la romería. Mirada bajo este aspecto, la fiesta de San Isidro no pasa de ser una reunión de familia.

El apellido de la Tía Javiera se ignora; el de sus parientes también. La Tía Javiera da nombre a toda una generación. Las rosquillas del Santo, al salir del horno, son bautizadas con el nombre de su célebre inventora. Recorred las inmediaciones de la ermita, y dondequiera que veáis cuatro rosquillas juntas, allí encontraréis su fe de bautismo escrita en gruesos caracteres que digan: La Tía Javiera, la mismísima Tía Javiera, la sobrina de la Tía Javiera, un primo hermano de la cuñada del abuelo del marido de la Tía Javiera, un amigo y testamentario de la Tía Javiera, el burro de la Tía Javiera».

El mundo cómico, semanario humorístico. 16 mayo 1875
«Los parientes de la tía Javiera». Fuente: El mundo cómico, semanario humorístico. 16 mayo 1875.

 

Jacinto Benavente, hijo predilecto de Madrid y premio Nobel de literatura, nos proporciona información sobre la tía Javiera y sus rosquillas, que recordaba con nostalgia unidas a su niñez:

«Las llamadas del Santo son de tres clases: la tontas, las de Fuenlabrada, o de yema, y las de Villarejo de Salvanés, o de la Tía Javiera, que por rosquillas hizo famoso su nombre y el de su pueblo. Todavía se recuerda el anuncio: «Yo, como la verdadera Tía Javiera, no tengo hijas ni sobrinas»; porque eran muchas las que se anunciaban, cuando la tía Javiera ya había muerto, como verdaderas sobrinas de la Tía Javiera. Por haber sido mi padre médico titular de Villarejo de Salvanés y por ser de allí mi madre, he tenido cabal noticia de la verdadera tía Javiera y de su descendencia. Cuando yo nací, ya no existía la tía Javiera, que, en efecto, no había dejado hijas ni sobrinas, pero sí una sobrina segunda que todos los años, por San Isidro, venía a Madrid, y tenía su puesto con las más legítimas rosquillas de Villarejo y de la tía Javiera. De niño iba yo, con mis padres a la Romería, en la víspera del Santo, y mis padres, que conocían a la vendedora, compraban en su puesto. las rosquillas. No vestía de lugareña, como Ias de otros puestos similares, vestía a lo señora de puebIo, y llevaba al cuello un collar de aljófar de muchas vueltas. Hablaba con mis padres de sucesos y personas del pueblo y me obsequiaba con una rosquilla. Podía yo haberme olvidado de todo, pero no me he olvidado de la rosquilla; a la rosquilla van engarzados el recuerdo del collar de aljófar y del señoril agrado de la vendedora al departir con mis padres y celebrar mis ojos.
Las rosquillas especiales de Villarejo eran las de baño blanco, y la gracia de ellas estaba en que el baño no se cuarteaba ni se desprendía al partirlas. Su elaboración era muy esmerada. Sus componentes, harina, huevos y azúcar, habían de ser de la mejor calidad».

ABC, 10 de mayo de 1950.

Vista de la Pradera de San Isidro en el día del Santo. Anónimo, 1875
Vista de la Pradera de San Isidro en el día del Santo. Anónimo, 1875.

 

Como colofón a este artículo, nos habría encantado compartir la receta original de estas rosquillas, pero se desconoce; si alguna vez la transmitió la Tía Javiera, hoy en día se ha perdido. Por tanto, vamos a presentar una de las posibles recetas que han ido apareciendo en la prensa a lo largo de los años. La elección del periódico no es casual, ya que nos muestra la enorme fama que estas rosquillas llegaron a adquirir, traspasando no solo los límites de Madrid, sino también las fronteras de la península ibérica. Se trata de La Oceanía Española, un periódico que se publicaba nada menos que en la entonces española Manila y que, en su edición del 14 de julio de 1887, explicaba así cómo elaborar este delicioso dulce:

«Hágase una mezcla de 500 gramos de azúcar y doce yemas de huevo batidas, un poco de anís sin moler, cierta cantidad de harina de flor; despues de bien revuelto y cuando ha tomado consistencia, se deja reposar, y cuando la masa está correosa se hacen las roscas y se cuecen: luego hágase un batido de claras con azúcar en la proporcion de una cucharada por cada clara, echando este batido por encima de las roscas, formando labores caprichosas, y se pone á secar á boca de horno».

Retrato de La Tía Javiera. Nuevo Mundo,16 mayo 1895
Retrato de La Tía Javiera. Fuente: Nuevo Mundo,16 mayo 1895.

No podemos ya, por tanto, disfrutar del sabor de aquellas rosquillas, pero sí podemos disfrutar de las tontas, las listas, las de Santa Clara, las francesas y, sobre todo, del inconfundible sabor de las fiestas de Madrid. ¡Claro que sí!

Imagen de cabecera: Las rosquillas del santo, Ángel Lizcano. Dominio público.

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San Dámaso, ¿un papa madrileño?

«Nació el glorioso San Dámaso en esta villa de Madrid para mucha gloria suya y bien de la iglesia, a buelta del año de trescientos y quatro, en el primero del Imperio de Maximiano Galerio, y Constancio Cloro».

«A la muy antigua, noble y coronada villa de Madrid: historia de su antigüedad, nobleza y grandeza».  Jerónimo de Quintana (1629).

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San Dámaso, ¿un papa madrileño?

«Nació el glorioso San Dámaso en esta villa de Madrid para mucha gloria suya y bien de la iglesia, a buelta del año de trescientos y quatro, en el primero del Imperio de Maximiano Galerio, y Constancio Cloro».

«A la muy antigua, noble y coronada villa de Madrid: historia de su antigüedad, nobleza y grandeza».  Jerónimo de Quintana (1629).

Un pontificado trascendental

La figura de San Dámaso como papa resulta fundamental para comprender el desarrollo de la Iglesia primitiva. Su pontificado, que se extendió desde el año 366 hasta su muerte en 384, fue decisivo para la consolidación de la autoridad del Papa y para la promoción de la ortodoxia cristiana frente a las diversas herejías que amenazaban la unidad de la Iglesia. San Dámaso llevó a cabo, además, una serie de reformas litúrgicas y teológicas que tuvieron un impacto significativo en la estructura y doctrina eclesiástica.

La Vulgata: San Dámaso fue el principal impulsor de la traducción de las sagradas escrituras  del hebreo y griego al latín, tarea que encomendó a San Jerónimo.

«Tú me obligas a hacer una nueva obra desde los antiguos libros, y me mandas que, sentado como juez, decida cuál de las versiones difiere menos del griego«

San Jerónimo a San Dámaso, Epístola 57, 376 d.C.

Esta traducción dio origen a la Vulgata, que se convirtió en la versión oficial en latín de las Escrituras. Fue utilizada durante siglos en la liturgia y en la enseñanza oficial de la Iglesia, consolidándose como un pilar fundamental de la doctrina cristiana.

San Jerónimo entrega la Biblia a san Dámaso. Miniatura de la Biblia de Hainaut, Francia, s. xv.
San Jerónimo entrega la Biblia a San Dámaso. Miniatura de la Biblia de Hainaut.

 

Reformas litúrgicas: Durante el siglo IV, la Iglesia atravesaba una época de profundas divisiones doctrinales, especialmente relacionadas con el arrianismo, una herejía que negaba la plena divinidad de Jesucristo. San Dámaso combatió activamente estas desviaciones doctrinales, así como otras herejías como el apolinarismo y el macedonianismo, que fueron condenadas en dos sínodos celebrados en los años 368 y 369.

Entre sus reformas litúrgicas, introdujo el canto del aleluya en la misa dominical e instauró el uso de la doxología trinitaria, incorporando en las oraciones litúrgicas la fórmula: “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Preservación de las catacumbas: San Dámaso también promovió la conservación de las catacumbas de los mártires cristianos, que eran lugares de sepultura y veneración para los primeros cristianos, esforzándose por preservar la memoria de estos mártires y de que su legado no se perdiera con el paso del tiempo.

¿Dónde nació San Dámaso?

La controversia sobre el lugar de nacimiento de San Dámaso ha sido un tema recurrente de debate entre los historiadores a lo largo de los siglos. Diversas localizaciones, como Roma, Egitania (actual Idanha-a-Velha) y Guimarães (ambas en Portugal), así como Madrid y Villamanta en España, han sido propuestas como posibles lugares de su nacimiento. En el presente artículo se examina, en particular, la hipótesis que vincula estas localidades españolas con su origen, a través de diversos testimonios que incluyen documentos y elementos artísticos, de los cuales se citarán algunos ejemplos.

Madrid patria verdadera del diamante de la fe, del martillo de los hereges, de San Damaso el primero, pontifice ... / que Dedica, y ofrece à ... Madrid ... Don Melchor de Cabrera Nuñez de Guzman

La Iglesia de San Salvador

La iglesia de San Salvador fue uno de los diez antiguos templos que existían en Madrid mencionados en el Fuero de 1202. Se levantaba frente a la actual Plaza de la Villa y fue derribado en 1843. La tradición sostiene que en esta iglesia se conservaba la pila en la que San Dámaso recibió el bautismo. Esta pila se encontraba en la pared del lado del Evangelio de la antigua Capilla Mayor, y sobre ella había una pintura del santo, que constituía un elemento significativo de la devoción local. Tras la reedificación de la iglesia, la pila bautismal fue trasladada a la Capilla Alta, que pertenecía a los Castillos. Posteriormente, cuando se reubicó el Altar Mayor, la pila fue llevada a la Capilla de los Henaos. La imagen primitiva del santo fue borrada de la pared, por lo que se hizo necesario realizar una nueva pintura, con el fin de preservar la memoria y la veneración de San Dámaso. Tanto la pila como el cuadro se perdieron tras la demolición de la iglesia.

El Convento del Carmen Calzado

En el número 10 de la calle del Carmen se encuentra la iglesia de Nuestra Señora del Carmen y San Luis Obispo. Este templo pertenecía originalmente al convento del Carmen Calzado, fundado en 1573 bajo la advocación de San Dámaso. El convento estaba ubicado en la plaza que actualmente lleva su nombre, y fue víctima de la desamortización en 1836. En su interior se conservaba una pintura, actualmente perdida, obra de Luis Tristán, discípulo de El Greco, que representaba a San Dámaso pontífice, sentado en su trono y recibiendo la Biblia de manos de San Jerónimo. La inscripción al pie del cuadro decía: «S. Dámaso Papa, natural de Madrid.»

El cuadro de la Iglesia de San Pedro el Viejo

También en la Iglesia de San Pedro el Viejo, en un pilar frente a la capilla del Santo Cristo de las Lluvias, se conservaba una pintura, también desaparecida, de San Dámaso, retratado de cuerpo entero y acompañado de dos cardenales arrodillados en actitud de veneración. La inscripción en el lienzo decía: «San Dámaso de Madrid».

El Rey Wamba, las Puertas de Toledo y una moneda de Alfonso VII

Durante el reinado de Alfonso VII, “el Emperador”, se acuñó una moneda que presentaba, en una de sus caras, al Arcángel San Miguel con un dragón a sus pies y una lanza en la mano, acompañado de la letra «T». En el reverso de la moneda aparecía el emperador sentado con un cetro, flanqueado por dos prelados pontificales. Según Lorenzo Ramírez de Prado, destacado humanista que vivió en el Siglo de Oro, el Arcángel San Miguel, protector celestial, representaría simbólicamente a la ciudad de Toledo. La letra «T» reforzaría esta asociación. Los dos prelados que acompañan al emperador serían, según su interpretación, san Dámaso y san Melquíades, pontífices romanos considerados naturales de Mantua Carpetana.

Esta interpretación hallaría respaldo en un pasaje del Chronicon Luiprandi (676), escrito por Luitprando, subdiácono de Toledo: “El Rey Vvamba […] Ensanchò la Regia ciudad de Toledo, y la ilustrò con edificios, y murallas; nombrò Patronos Tutelares a la Ciudad, y los puso sobre las puertas della. Y dize: En la puerta de Serrato, que està en la Via Sacra puso por Patron a los SS. Pontifices Damaso, y Melchiades, ciudadanos de Mantua Carpetana«.

Madrid o Mantua de los Carpetanos, la más célebre ciudad de la Nueva Castilla y la sede real más magnífica de los monarcas hispánicos
Madrid o Mantua de los Carpetanos, la más célebre ciudad de la Nueva Castilla y la sede real más magnífica de los monarcas hispánicos. Este plano es una copia de los publicados por George Matthäus Seutter en 1728, 1730 y 1736, y que a su vez derivan del realizado por Nicolás de Fer en 1706. Fuente: Biblioteca Virtual Madrid

¿Dónde estaba Mantua Carpetana?

«Llámese por otro lado en latín Mantua Carpetana, tomando el nombre de los montes y puertos que llamamos de la Fuenfrida y de Guadarrama, que en latín se llaman Carpetanos y así los llama Julio César en sus Comentarios, y para diferenciar de la Mantua italiana se llama Mantua carpetana, así la llama Ptolomeo y la pone en 40° de latitud y pocos minutos más o menos, y de longitud 11 ° 4′ y llamase montes Carpetanos; primero porque quiere decir carro, porque toda esta tierra hasta llegar a estos puertos, eran los trajineros y recueros de este instrumento de carros que en latín (como digo se llama carpentum) de donde se llamó Carpetana por los llanos y planicies que en estos términos hay

«Historia y relación verdadera de la enfermedad, felicísimo tránsito y suntuosas exequias fúnebres de Doña Isabel de Valois». López de Hoyos (1569)

Se desconoce la ubicación de esta ciudad de la Carpetania, antigua región de la Hispania prerromana, que aparece mencionada por Claudio Ptolomeo en su obra Geografía. Se ha sugerido que podría tratarse de Madrid, como afirmaban, entre otros autores citados, López de Hoyos, Jerónimo de Quintana o Lorenzo Ramírez de Prado; no obstante, resulta más probable que se encontrara en Villamanta o en el desaparecido término de Perales de Milla, entre Quijorna y Villanueva de Perales, todas ellas localidades madrileñas. De hecho, la Iglesia Parroquial de Santa Catalina de Alejandría, en Villamanta (Madrid) conserva una reliquia ósea de San Dámaso I en la cripta situada bajo el altar mayor del templo, reivindicando así a este papa como oriundo de esta localidad.

Cripta de la Iglesia de Santa Catalina de Alejandría en Villamanta, donde se conserva una reliquia de San Dámaso.
Cripta de la Iglesia de Santa Catalina de Alejandría en Villamanta, donde se conserva una reliquia de San Dámaso. Fuente: Ruta 179

Conclusión

Después de presentar los testimonios que sugieren una posible vinculación de san Dámaso con la ciudad de Madrid, es fundamental subrayar que los estudios históricos actuales sitúan el origen de Madrid como núcleo urbano en la segunda mitad del siglo IX. Esta cronología establece una diferencia de más de quinientos años respecto al nacimiento de San Dámaso, ocurrido en el siglo IV, lo que hace inviable que pudiera haber nacido en una ciudad que aún no existía como tal.

¿Llegaremos alguna vez a descubrir pruebas arqueológicas que evidencien la existencia de un Madrid romano, en el que San Dámaso pudiera haber dado sus primeros pasos?

¿Será madrileño el próximo pontífice?

BIBLIOGRAFÍA

  • Cabrera y Núñez de Guzmán, Melchor de. Madrid, patria verdadera del diamante de la fe, del martillo de los herejes de San Dámaso el Primero Pontífice. Madrid, 1678.
  • Pellicer y Pilares, Juan Antonio. Discurso sobre varias antigüedades de Madrid y origen de sus parroquias, especialmente de la de San Miguel. Madrid, 1791.
  • Quintero Atauri, Pelayo. Luis Tristán. Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, 1909.
  • Suárez Quevedo, Diego. De espejos de príncipes y afines, 1516–1658: Arte, literatura y monarquía en el ámbito hispano. Universidad Complutense de Madrid.

Fotografía de cabecera

San Dámaso y san Jerónimo. Olivieri, Giovan Domenico;Salvador Carmona, Luis. © Museo Nacional del Prado.

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Mariana de Jesús, la santa de los pobres

Nacida en el Madrid del Siglo de Oro, Mariana de Jesús sintió desde niña un profundo amor por Dios, lo que la impulsó a ayudar a los más desfavorecidos, convirtiéndose en un modelo de generosidad y entrega. A lo largo de su vida, se dedicó especialmente a asistir a los pobres, los enfermos y los marginados, sin buscar reconocimiento personal. Su humildad y devoción la hicieron muy querida, siendo admirada por su bondad y compromiso con el prójimo. Mariana dejó un legado de amor incondicional, convirtiéndose en un referente de santidad y caridad, inspirando a todos a seguir su ejemplo de servicio y compasión.

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Mariana de Jesús, la santa de los pobres

Nacida en el Madrid del Siglo de Oro, Mariana de Jesús sintió desde niña un profundo amor por Dios, lo que la impulsó a ayudar a los más desfavorecidos, convirtiéndose en un modelo de generosidad y entrega. A lo largo de su vida, se dedicó especialmente a asistir a los pobres, los enfermos y los marginados, sin buscar reconocimiento personal. Su humildad y devoción la hicieron muy querida, siendo admirada por su bondad y compromiso con el prójimo. Mariana dejó un legado de amor incondicional, convirtiéndose en un referente de santidad y caridad, inspirando a todos a seguir su ejemplo de servicio y compasión.

Infancia y juventud

Nació Mariana de Jesús el 8 de diciembre de 1565 en Madrid, en la Casa de la Hoz —hoy desaparecida—, que se levantaba en la calle de Santiago, esquina con su costanilla, en una zona de gran actividad de la ciudad. Fue bautizada el 21 de enero de 1566 en la iglesia de Santiago, recibiendo el nombre de María, según atestigua su partida de bautismo, un documento que ha perdurado a lo largo de los siglos:

«En 21 días del mes de enero de 1565 años, bautizó el Bachiller Mata, Cura de la Iglesia del Señor Santiago, a María, hija de Luis Navarro, Pellejero andante en Corte, y de su mujer Juana Romero. Fue su padrino Pedro Rivas, calderero, madrina Isabel de Villalpando, testigos Juan Trigo, Juan Navarro y Andrés Muñoz, sacristán, y por ser así lo firmé yo, Bachiller Mata». Al margen, un nombre escrito: Mariana.

Mariana fue la primogénita de los seis hijos que tuvo el matrimonio. Con apenas nueve años, quedó huérfana de madre y su padre volvió a contraer matrimonio, esta vez con Jerónima Pinedo. Fruto de esta unión vendrían al mundo otros cinco hijos.

Placa en el lugar donde estaba la casa en la que nació Mariana de Jesús
Placa en el lugar donde estaba la casa en la que nació Mariana de Jesús. Fuente: Memoria de Madrid.

 

Desde muy joven, Mariana sintió un profundo deseo de dedicarse a la vida religiosa. Era devota de la Virgen de los Remedios, a quien cariñosamente llamaba la pequeñina, y solía acudir a rezar en la capilla dedicada a esta advocación mariana, ubicada en el hoy desaparecido convento de Nuestra Señora de la Merced. Fue allí donde conoció a fray Juan del Santísimo Sacramento, el sacristán mayor, quien se convertiría en su amigo y director espiritual. Gracias a su orientación, Mariana decidió consagrar su vida a Dios. Ella misma escribiría años después cómo “un día, al escuchar el sermón de un fraile descalzo, sentí tal impresión que, desde entonces, tomé la firme decisión de no casarme y dedicarme a la vida religiosa”.

Convento de la Merced. Fachada norte y oeste. Dibujo realizado por el arquitecto Antonio Olivera García en 1983 basado en distintos planos y publicado en el libro Primer convento mercedario en Madrid.
Convento de la Merced. Fachada norte y oeste. Fuente: Fotomadrid.

 

Sin embargo, sus padres tenían otros planes para ella. Querían que se casara con un joven hidalgo, pero Mariana rechazó esa idea. Se dice que, para evitarlo, se cortó el cabello y se hirió el rostro con un corte en la boca. Otras versiones afirman que las máscaras mortuorias realizadas tras su muerte fueron las que desfiguraron su rostro. Entonces, sus padres intentaron obligarla a someterse a su voluntad. La destinaron a realizar trabajos humildes en la casa y le asignaron un desván como habitación, donde soportaba tanto el frío invernal como el calor veraniego. Pasaba allí las noches después de sus labores domésticas y el día cuando no tenía tareas. A pesar de estas difíciles circunstancias, Mariana permaneció fiel a su vocación, buscando la paz interior a través de la oración y la penitencia.

En 1601, siguiendo a la Corte —recordemos que el padre era sirviente de la Casa Real—, toda la familia se trasladó a Valladolid. Cinco años permanecieron en la ciudad del Pisuerga, hasta que el rey, influenciado de nuevo por el Duque de Lerma, decidió regresar la capital a Madrid, lo que supuso una nueva mudanza de la Corte y sus servidores, entre ellos la familia de Mariana. Fue tras la vuelta a Madrid cuando su padre finalmente cedió en su empeño y le otorgó el permiso para dedicarse a la vida religiosa, permitiéndole así seguir su vocación de servicio y fe.

Una vida de penitencia y oración

Mariana se trasladó a una casa junto a la ermita de Santa Bárbara, un lugar apartado y silencioso, cuyo propietario le cedió generosamente un pequeño aposento. La acompañaba, Catalina de Cristo, quien había sido sirvienta de su familia y de quien fray Juan de San José escribe que era “muy virtuosa y de muy buena vida, pero de un genio y condición para Mariana muy áspera; ordenándola así, sin duda, la Majestad Divina para la mayor purificación de Mariana”. Mas también, como recoge Fray Pedro del Salvador, “llevada [Catalina] por el gran amor que le tenía, cuidaba de adquirir lo necesario para que Mariana estuviera asistida; de tal manera, que si no hubiese tenido a Catalina, muchas veces le habría faltado el alimento necesario y la ropa. Y esto con tanto desinterés, que cuando apareció a declarar ante los jueces apostólicos, dijo que, de los diecinueve años que la había asistido, no le había comprado ni un solo vestido nuevo, y el que llevaba puesto en ese momento era pobre y muy deteriorado”.

La elección del lugar de retiro de Mariana no fue casual. No solo era un sitio tranquilo y apartado, sino que guardaba relación con el hecho de que la ermita de hubiera sido adquirida por su director espiritual, fray Juan Bautista del Santísimo Sacramento, con la intención construir allí un convento de mercedarios descalzos. Las obras comenzaron en 1607 y finalizaron en 1622. El convento estaba situado en lo que hoy es la Plaza de Santa Bárbara, que le debe su nombre, y fue demolido víctima de la desamortización de Mendizábal, que tanto daño hizo al patrimonio histórico y artístico de España.

La Beata Mariana de Jesús. Carducho, Vicente. ©Museo Nacional del Prado
La Beata Mariana de Jesús, de Vicente Carducho. El edificio que aparece es el Convento de Santa Bárbara. ©Museo Nacional del Prado

 

Tras cuatro años de vida de austeridad y profunda reflexión, dedicados principalmente a la oración, la meditación y la penitencia en aquella humilde estancia, la vivienda cambió de dueña. La nueva propietaria, sin ningún reparo, expulsó a Mariana y a Catalina, a quienes consideraba un par de beatas embaucadoras. En su auxilio acudió el comendador del convento de Santa Bárbara, quien mandó disponer para ellas un pequeño cobertizo contiguo a la ermita, proporcionando un lugar donde continuar su vida de oración y penitencia. Este cobertizo, simple y modesto, pronto se convirtió en un centro de peregrinación para muchas personas que acudían a la Casita de la Santa, buscando comprensión, consuelo y guía espiritual. La fama de la devoción y la paz que emanaba de ese lugar atrajo a numerosos fieles, consolidando la devoción hacia Mariana y convirtiendo su morada en un símbolo de esperanza para quienes buscaban consuelo.

El convento de Santa Bárbara en el plano de Texeira (1656)
Detalle del plano de Texeira (1656). El convento de Santa Bárbara se muestra en la esquina inferior derecha. Como nota curiosa, junto al camino aparece un molino de viento.

La Orden de la Merced

Durante mucho tiempo Mariana estuvo reflexionando profundamente sobre la posibilidad de ingresar en la Orden Mercedaria. A lo largo de este tiempo, recibió repetidas invitaciones de distintos superiores, incluidos miembros destacados de la orden y el propio Padre General, quienes veían en ella una vocación clara.  No quería tomar una decisión tan trascendental sin haberla meditado a fondo.

Beata Mariana de Jesús. Josef del Castillo lo dibuxó ; Luis Fernz. Noserét lo grabó. PID bdh0000031416. (cc) Biblioteca Digital Hispánica, Biblioteca Nacional de España.
Beata Mariana de Jesús. Josef del Castillo lo dibuxó ; Luis Fernz. Noserét lo grabó. Fuente: BNE.

 

En una ocasión, tras caer gravemente enferma y con escasas esperanzas de recuperación, invocó con fervor a la Virgen de los Remedios, a quien ya hemos dicho que profesaba una devoción especial. Según la tradición, fue sanada milagrosamente por su intercesión, lo que reforzó aún más su convicción de seguir el camino religioso. A partir de ese momento, sintió con mayor intensidad la llamada a consagrarse plenamente a Dios. Finalmente, el 4 de abril de 1613, finalmente venciendo sus reservas, tomó el hábito de terciaria mercedaria, sellando así su entrega espiritual a la Orden de la Merced.

La Santa de los pobres

Mariana dedicó su vida a cuidar y consolar a los necesitados. Se la podía ver recorrer incansablemente las calles de Madrid, a veces a lomos de un pollino, mendigando para poder socorrer a los pobres, mendigos y cautivos. Visitaba los palacios pidiendo limosnas y acudía con frecuencia a la cárcel para llevar alimentos a los presos, quienes por entonces solo comían una vez al día, viviendo en condiciones extremadamente precarias. En muchas ocasiones, Mariana misma se privaba de comida y otros bienes para asegurarse de que los demás recibieran lo necesario para sobrevivir.

Su abnegada entrega y generosidad le ganaron el cariño y la admiración del pueblo, y pronto recibió el apodo de «la santa de Madrid». Además, era una figura muy conocida entre los poderosos, siendo madrina de muchos hijos de nobles, entre ellos del VII duque de Alba. Fue amiga cercana y confidente de la reina Isabel de Borbón, a quien visitaba con frecuencia, lo que contribuyó a ampliar aún más su fama de santidad. Su vida de devoción y servicio se convirtió en un ejemplo para todos, independientemente de su estatus social.

Beata María Ana de Jesús. Anónimo español (1788). BNE
Beata María Ana de Jesús. Anónimo español (1788). Fuente: BNE

 

Además de su trabajo caritativo, sus visiones y premoniciones eran muy conocidas y solicitadas, lo que llevó a que muchas personas acudieran a ella en busca de orientación y consejo espiritual. Este don la hizo gozar de una gran influencia, tanto entre el pueblo sencillo como entre las autoridades religiosas y civiles de la época.

El milagro de su cuerpo incorrupto

Los últimos días de Mariana transcurrieron en una estancia del convento de Santa Bárbara, al que se trasladó alrededor de 1623. Este cuarto estaba ubicado sobre las capillas del lado del Evangelio. Tenía dos balcones o tribunas que daban al cuerpo de la iglesia, y un tercero que asomaba al crucero.

Cuando cayó gravemente enferma, víctima de una afección pulmonar, la noticia se propagó rápidamente por Madrid. Un numeroso grupo de personas de todo rango social acudía todos los días a visitarla en busca de su bendición. Entre los visitantes se encontraba incluso un emisario de los reyes, encargado de informarles sobre su estado, y se dice que Lope de Vega, quien había sido vecino suyo en la niñez también acudió a verla. El pintor del rey, Vicente Carducho, intentó retratarla en sus últimos momentos, pero Mariana se negó a ello rotundamente. Este artista sería el encargado de obtener su mascarilla mortuoria para preservar su memoria. Debido a la fama de santidad que tenía Mariana, algunos de los que la visitaban tomaban lo que podían como reliquias y tuvo que comprarse todo de nuevo, pues no dejaron ni lo necesario para su alimentación.

A pesar de la fiebre y el dolor, Mariana recibía a todos con una sonrisa serena, haciendo la señal de la cruz a cada uno y reconfortándolos con palabras de consuelo y sabiduría. La noche del miércoles 17 de abril de 1624, a las nueve de la noche, falleció, dejando un legado imborrable en el corazón de aquellos que la conocieron.

Máscara mortuoria de la beata Mariana de Jesús

La multitud que acudió a rendirle un último homenaje fue tan inmensa que su cuerpo permaneció expuesto hasta el 19 de abril, cuando, en cumplimiento de su deseo, fue sepultado en el convento de Santa Bárbara. Tres años después, en 1627, se exhumaron sus restos. Su cuerpo se encontraba incorrupto y exhalaba un aroma celestial. Este fenómeno se confirmó en inspecciones de 1731, 1924 y 1965, lo que fue considerado por muchos como un claro signo de su santidad.

Durante la Guerra de la Independencia, las tropas napoleónicas saquearon la arqueta de plata que contenía su cuerpo, un valioso obsequio de los Duques de Alba. Por fortuna, los frailes lograron distraer a los soldados el tiempo suficiente para poder esconder el cuerpo. Posteriormente, el convento de las Madres Mercedarias de don Juan de Alarcón solicitó el cuerpo al obispado, que lo entregó por pertenecer a la misma Orden. Durante la Guerra Civil, el convento fue ocupado y el cuerpo ocultado en una ebanistería para luego trasladarlo al Convento de la Encarnación. Tras el final de la contienda, el cuerpo fue nuevamente trasladado a las Madres Mercedarias de don Juan de Alarcón, donde reposa en la actualidad.

Beatificación y reconocimiento popular

El pueblo de Madrid, apoyado por la nobleza y Felipe IV, inició la solicitud de la beatificación de Mariana de Jesús poco después de su fallecimiento. En 1628, el Ayuntamiento de Madrid envió una petición al Papa Urbano VIII para que se acelerara este proceso, aunque sin mucho éxito, porque hubo que esperar más de siglo y medio, en concreto al 18 de enero de 1783, para que el entonces Papa -Pío VI- otorgara la beatificación de Mariana en la Basílica de San Pedro en Roma.

En 2011 se inició el proceso de canonización de Mariana de Jesús, una causa que se lleva a cabo en el convento de las Madres Mercedarias de don Juan de Alarcón, donde reposan sus restos, como se ha indicado anteriormente.

Imagen de la beata Mariana de Jesús en procesión.
Imagen de la beata Mariana de Jesús en procesión. Fuente: Archidiócesis de Madrid

 

Otro importante símbolo del gran reconocimiento y aprecio popular es su proclamación como copatrona de la ciudad junto a San Isidro Labrador, un hecho que a veces se olvida o se ignora, pero que destaca y resalta la profunda devoción de los madrileños hacia su figura y su legado espiritual.

La iconografía de Mariana de Jesús en Madrid

Madrid honra la memoria de Mariana de Jesús en diversos puntos de la ciudad, lo que refleja el profundo respeto y devoción que ha generado a lo largo de los siglos. En 1636, ya incluso antes de ser beatificada, se colocó una escultura de ella en la remodelada (por entonces) Puerta de Alcalá, junto con las de San Pedro Nolasco y la de Nuestra Señora de las Mercedes, todos ellos relacionados con la orden de la Merced; esta puerta fue derribada en 1770. Además, se instalaron imágenes suyas en lugares significativos, como la capilla del Pósito Real, la sala consistorial y la capilla del Ayuntamiento, consolidando su presencia en la vida pública de la ciudad.

Antigua Puerta de Alcalá
Antigua Puerta de Alcalá

 

Hoy en día, el legado de Mariana de Jesús sigue vivo de manera tangible en Madrid. Su memoria se perpetúa gracias a una plaza, una parroquia y un hospital que llevan su nombre, contribuyendo a mantener su recuerdo presente en la vida diaria de los madrileños. Además, en la Catedral de la Almudena, se encuentra una capilla dedicada a su memoria.

Estos lugares mantienen su legado vivo en la ciudad que la veneró.

La bella hija de Madrid y blasón de la Merced. Texto impreso narración histórica de la prodigiosa vida, heroicas virtudes y estupendos prodigios de la Venerable Mariana de Jesús

BIBLIOGRAFÍA

  • Álvarez y Baena, D. José Antonio. Hijos de Madrid, ilustres en santidad, dignidades, armas, ciencias y artes. Madrid: 1789-1971.
  • Fr. Pedro del Salvador. La azucena de Madrid, la venerable madre Sr. Mariana de Jesús. Madrid: Imprenta Real de la Gaceta, 1764.
  • MM. Mercedarias de Don Juan de Alarcón. Y en el cielo de Madrid floreció una estrella. ¿La conoces tú? Causa de la Beata María Ana de Jesús.
  • Olivares Martínez, Diana. Iconografía de la Beata Mariana de Jesús. Universidad Complutense de Madrid, Departamento de Historia del Arte I (Medieval).

Fotografía de cabecera

Imagen de la beata Mariana de Jesús. Fuente: COPE

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